
La luz grisácea de la tarde entra por el ventanal sucio, iluminando las motas de polvo que bailan entre nosotros. Me fijo en mis uñas, cortadas al ras, y en la forma en que mis dedos tamborilean sobre la mesa de fórmica siguiendo el ritmo de la radio vieja que suena al fondo. No hay romanticismo en este silencio, solo la normalidad de quien ya lo conoce de memoria. Observo la mancha de café en el puño de la camisa del señor de la mesa contígua y esa forma tan de quienes me rodean de ignorar el ruido de la calle, mientras yo me quedo concentrada en el humo del cigarrillo que se curva entre los dos de quienes fuman en la terraza.
La familiaridad de esta cafetería me reconforta, es una sensación densa, de intimidad. Puedo sentir el calor que desprenden los cuerpos, el peso muerto de los pies del niño bajo la mesa y ese hastío compartido entre los que estamos siempre ahí y que nos mantiene unidos sin necesidad de mirarnos.
Alargo la mano para apartar el cubículo servilletero que entorpece nuestro diálogo, pero cuando mi palma choca contra la superficie fría y pegajosa del tablero, un escalofrío me recorre el brazo. El asiento de enfrente mantiene el cuero rajado, frío y liso, sin el hundimiento de un peso humano. Solo queda el rastro de mi propia respiración empañando el cristal y la certeza de que mi mente ha vuelto a engañarme rellenando el hueco de una silla que lleva años vacía.