El mundo se desmorona y nosotros nos enamoramos.
El zumbido del aire acondicionado es el hilo musical de esta mañana, un ruido blanco que intenta llenar el vacío de la oficina. Aparentemente, mi cabeza está archivada en una hoja de Excel pero la realidad es otra: mi conciencia y yo conspiramos en silencio tras la pantalla.
Después de una semana con la quietud de un ancla que no busca puerto, amanezco hoy en un mundo que, por fin, sigue teniendo texturas.
Apareció ante mí en cámara lenta, rompiendo la monotonía con unos zapatos de piel artesana que golpeaban el suelo con la cadencia de quien no pide permiso para existir.
No recuerdo mucho más. Todo cuanto puedo hacer ahora es justificar y culpar a mis nervios; fueron ellos quienes bloquearon mis capacidades. Mermada ya mi escasa habilidad en el arte de la oratoria, redujeron, además, todas aquellas aptitudes de las que creía haber sido dotada.
Lo que siento no es rencor, es una envidia sana por aquellos que poseen esa seguridad, por esa forma suya de habitar el espacio que yo parezco haber olvidado.
Ahora, el vacío de este lugar, ya sea por recuerdo u omisión, suena a funeral. Un despacho con vistas al skyline, un éxito de cristal y acero, y un alma que se ha vuelto tan gris como la materia anulada de mi cerebro, incapaz de escribirle un whatssap que invite a algo más que al silencio.





