"La ilusión es el primero de todos los placeres"
Me asomé a la aplicación casi por inercia, sin sospechar que el tiempo estaba a punto de volverse elástico. Solo aguanté diez minutos en ella, el tiempo suficiente para que, en ese breve lapso, el aire de la habitación cambiara de densidad. Mi dedo rozó la pantalla y el frío cristal del teléfono empezó a saborear la posibilidad.
Apareció. No fue una imagen o un nombre; fue un saludo que supo a cítrico y a sal, como si el propio viento de Valencia se hubiera colado por la pantalla de mi móvil. Su voz escrita tenía un color azul profundo, cálido, de ese que te envuelve sin pedir permiso. Fue un regalo de palabras tan nítido que casi podía tocar la textura de su confianza.
No hubo rodeos. Las señales eran tan brillantes que el intercambio de teléfonos se sintió como el paso lógico, el clic final de una cerradura que encaja. Dejamos atrás el ruido de la app para habitar nuestro propio silencio compartido.
Ahora, el calendario ha cobrado un peso distinto. El número 27 ya no es una cifra gris; ahora tiene el tacto de la ilusión y la vibración de una cuenta atrás. Lo que nació en apenas seiscientos segundos, promete expandirse en una realidad que ya puedo empezar a oler: una mezcla de nervios nuevos, a primavera y a esa brisa mediterránea que se acerca y promete sintonía siempre y cuando mis miedos no vuelvan a querer manejar el volante.







