Yo tuve un sueño en mi vida, soñé que se quedaron conmigo para siempre.
El invierno se ha instalado en mis gestos como una costumbre mansa. Creía que mi historia era ya un libro encuadernado, con los márgenes amarillentos y las hojas cuarteadas de carcoma, con ese final mío tan acostumbrado que firmo con el poso del café de cada mañana. Pero entonces, sin herir el silencio, la vida ha decidido desbordarse por las grietas.
Como el rocío sobre el metal frío: una caricia de luz , una armonía sutil ha empezado a afinar mis cuerdas oxidadas. Me habita una gratitud líquida que no me nubla la vista sino el corazón, y a la vez, en su sombra crece un miedo antiguo, un vértigo de porcelana. Mis manos toscas, gastadas por los inviernos dan apoyo a mis temores.
Camino de puntillas por mis propios días, conteniendo el aliento para no alterar el aire, sintiendo que el universo me ha concedido una prórroga de belleza que no me atrevo a tocar. Y la semana corre veloz al viernes como si quisiera burlarse de mi cobardía y mis ganas de parar el tiempo, ése maldito que consigue siempre que mis pies toquen el suelo antes siquiera de haber aprendido a saltar.
Solo cierro los ojos y me rindo a este sueño que eternizaría en espacio y forma para no tener que despertar.








