Las grandes expectativas son la semilla de las grandes desilusiones (Thomas Fuller)
La pantalla es un lago de mercurio frío. Dos marcas azules (para mí: un par de cicatrices eléctricas), confirman que el pulso ha llegado al otro lado, pero allí se ha disuelto en una calma mineral. No hay eco. A estas alturas de la vida, se aprende que el silencio no es siempre una ausencia, sino una arquitectura de sedimentos, algo que se construye con la paciencia de quien ha decidido que el movimiento es una forma de ruido innecesaria.
Habita un tiempo sin orillas. Es esa quietud de la horchata que se asienta en el fondo del vaso, una densidad que no conoce la ebullición. Mientras el segundero de la pared intenta morder el aire con su ritmo metálico, la respuesta flota en una dimensión de terciopelo y desgana, donde las urgencias se vuelven polvo. No es una espera de minutos, es una espera de eras geológicas.
No hay un corazón que galope, solo una inercia mansa que contempla el mensaje como si fuera un jeroglífico encontrado en la arena: algo que ya está allí, que no exige ser perturbado. El vacío no pesa, simplemente se extiende, igual que esa luz mortecina que ya no busca incendiar nada y que se conforma con no apagarse del todo mientras el mundo, afuera, insiste en girar a una velocidad que para él es una pausa en mi reloj acelerado.
Doce horas después esos dos tics azules reposan en la pantalla como lápidas gemelas. hijas de un flujo pausado de almíbar que ignora cualquier sentido de prioridad ( en este caso, la mía), como si las diez horas de espera no hubieran sido un desierto de desilusión con vistas a ningún horizonte.






