martes

Donde Mueren Las palabras

El mundo se desmorona y nosotros nos enamoramos

 

 

El zumbido del aire acondicionado es el hilo musical de esta mañana, un ruido blanco que intenta llenar el vacío de la oficina. Aparentemente, mi cabeza está archivada en una hoja de Excel pero la realidad es otra: mi conciencia y yo conspiramos en silencio tras la pantalla.

Después de una semana con la quietud de un ancla que no busca puerto, amanezco hoy en un mundo que, por fin, sigue teniendo texturas.

 Apareció ante mí en cámara lenta, rompiendo la monotonía con unos zapatos de piel artesana que golpeaban el suelo con la cadencia de quien no pide permiso para existir.

No recuerdo mucho más. Todo cuanto puedo hacer ahora es justificar y culpar a mis nervios; fueron ellos quienes bloquearon mis capacidades. Mermada ya mi escasa habilidad en el arte de la oratoria, redujeron, además, todas aquellas aptitudes de las que creía haber sido dotada.

Lo que siento no es rencor, es una envidia sana por aquellos que poseen esa seguridad, por esa forma suya de habitar el espacio que yo parezco haber olvidado.

Ahora, el vacío de este lugar, ya sea por recuerdo u omisión, suena a funeral. Un despacho con vistas al skyline, un éxito de cristal y acero, y un alma que se ha vuelto tan gris como la materia anulada de mi cerebro, incapaz de escribirle un whatssap que invite a algo más que al silencio.

viernes

En Vilo y en Vela

 

 

 


El viento aúlla con un grito  que golpea mis mejillas, mientras el pueblo, resguardado tras muros cálidos, celebra la armonía del festivo. Libro mi propia odisea contra la tempestad en este paseo desierto. La lluvia tiene un sabor  a caricia líquida que pesa sobre mis hombros como el manto de un titán derrotado.

Cada paso es una epopeya de resistencia contra la densidad del aire, espeso como miel fría. Me hundo en la contradicción de mis tempos obligándome a comprender esa parsimonia que se parece tanto a la desidia 

El mar ruge a mi izquierda como un ejército en derrota, recordándome que el amor fue mi gran guerra perdida. Me escupe con fuerza y siento en mi garganta la acaricia del eco áspero de su nombre. Sabe a ceniza y a salitre.

Y en la contradicción entre el desear y el no querer, me descubro advirtiéndome que me desespera  su lentitud, su aparente inseguridad, como si el tiempo fuera para sus pies un fango de oro que se adhiere a la arena.  Su ritmo es un insulto a esta tormenta  su aroma de lumbre antigua, pausado como un buey cansado  que arrastra el peso de la pasividad  tras de sí, me irrita, con la misma intensidad que cautiva esa  necesidad mía de fuego inmediato. 

 

Soy un barco fantasma en un océano de cemento.  


Amenaza lluvia

La lluvia  amenaza con ahogar los violines antes del primer acorde,  huele a tierra mojada, prefacio de finales prematuros.




El cielo tiene hoy un color a hierro oxidado y el olor metálico de la tormenta inminente se me clava en las encías. Es un gris ruidoso. Todo un año de preparativos, de partituras soñadas bajo el sol, se disuelve ahora en el bochorno de una festividad que amenaza con naufragar. Siento el desgarro de lo que no llega a ser, esa coreografía ensayada que el viento empieza a desordenar.

En el bolso, el teléfono vibra con la insistencia de lo muerto. Es Jeremy. Me envía imágenes de su anatomía, una exposición de carne cruda y sin alma que me resulta tan ajena como un idioma olvidado. Su exhibicionismo es un grito desesperado que ya no me alcanza. En medio de este clima suspendido, su nombre sabe a humo y a errores antiguos. Una oferta carnal que llega tarde, como un eco desafinado. En la palma de mi mano, la pantalla escupe su fantasma. Su foto viene envuelta de un ruido blanco, carne explícita y desprovista de gramática que me llega como un telegrama en un idioma que ya no hablo. 

Mientras, el silencio de él me escuece más que cualquier imagen explícita. Tres noches donde el aire se espesa entre nosotros y, sin embargo, sus labios no han rozado los míos. Tres  citas de palabras que rozan pero no tocan. Su boca es un enigma que se queda a milímetros de la mía, un beso que se repliega y me deja náufraga en el desconcierto. Me ilusiono con su contención mientras otros me ofrecen su piel en píxeles. Lo que me desgarra es este hombre, que me habita el pensamiento y que mantiene sus labios a una distancia sagrada de los míos.  Esa ausencia de contacto físico arde más que cualquier imagen, es una sed limpia, una música que no rompe a sonar. El peso de ese silencio en mis labios, lo siento más real y punzante que cualquier piel que me ofrezca el pasado. 


 

martes

Rumiantes


El mayor enemigo del conocimiento no es la ignorancia sino la ilusión
                                                                                                 Foto de Andrés Videla 

El ambiente huele a ser humano, de un gris afilado que me corta la lengua. Mientras observo a la gente desde la ventana, las voces de la pareja que camina por la acera no me llega como sonidos sino como ráfagas de un color amarillo bilioso que ensucia el aire, no suenan a enamorados, suenan a reproches y costumbre. 

Cuando el amor se apaga la convivencia se siente como el roce del papel de lija sobre el terciopelo: una fricción constante donde unos buscan colonizar silencios y otras se vuelven expertas en camuflar el hastío. Entonces, las pocas palabras que se cruzan huelen  a humedad, a sótano cerrado.  

Desde la distancia es más sencillo identificar esos comportamientos, errores que una vez cometidos pagas el precio con soledad. El amor termina cuando al ser tocada ya no sientes calor; sino el sonido de un cristal rompiéndose en mil pedazos sordos.  La intimidad se convierte entonces en una geometría de ángulos rectos y fríos, una arquitectura donde la necesidad de placer de uno se construye sobre el vacío táctil de la antagonista. Dos frecuencias que nunca sintonizan, un ruido blanco que insiste en llamarse compañía mientras el sabor a ceniza lo inunda todo.

Y  días libres, en casa, bajo el arrullo de la Banda sonora de Don´t worry baby el mundo parece encajar por fin. Pero mientras la música promete que todo estará bien, me invade un  miedo cabrón, tengo frente a mí lo que siempre pensé que quería y, sin embargo, esta vez temo ser yo quien no cumple con sus expectativas.

miércoles

El Color de la Autonomía

 "En medio del invierno, aprendí por fin que había en mí un verano invencible." Camus

 


El café me sabe a victoria esta mañana. Camino descalza por el pasillo, saboreando el tacto glacial del suelo; una gelidez que generalmente odiaría, pero que hoy disfruto con la satisfacción de no tener que compartirla por compromiso. Me he vuelto experta en detectar el rancio aroma de las palabras ensayadas; ya no regalo frases dóciles para endulzar el oído de quien no me interesa.

A veces percibo el deseo de algunos hombres como un ruido estático: gris y pegajoso. Pretenden usar mi cuerpo para silenciar su propia soledad, pero mi piel no entiende de caridad. No existe el sexo sin fuego, y no he nacido para apagar incendios ajenos. Mi placer tiene el color de la autonomía: un azul eléctrico que muy pocos alcanzan a vislumbrar.

Me llega, como un eco metálico y desagradable, el discurso de esos "iluminados" siniestros. Hablan desde salones con calefacción, con la boca llena de un combustible que jamás les manchó las manos. Sus consejos morales huelen a papel viejo e hipocresía. Desprecio su teoría; esa que, en la práctica, solo sabe a ceniza y hambre

He dejado atrás el ruido de las promesas vacías y el roce superficial que solo genera frío. Rechazo el juego del cortejo trivial y el artificio de palabras que se lleva el viento. Mi cuerpo ya no vibra con la frivolidad.
 
La pasión no es un fuego fatuo, sino una brasa profunda que arde con calma. En mis momentos más inconscientes, me descubro soñando con una piel que entienda el lenguaje de la espera; unas manos que recorran mi geografía con la sabiduría de quien no tiene prisa por llegar, porque sabe que ya ha llegado.

En mi cama, el deseo tiene el sabor de un vino añejo: oscuro, denso y tan complejo que pocas papilas han sabido apreciar sus matices.

 

 

lunes

A 3 días de inaugurar el Año

 El pasado es solo una historia que nos contamos

 


 

El reloj marcó las ocho y la cerradura cedió con un suspiro de metal. Había dejado la puerta entornada, una invitación fragante a lo desconocido. En la penumbra de mi alcoba, el roce de la seda sobre mi piel sabía a deseo prohibido, mientras el encaje de las ligas dibujaba un mapa de escalofríos en mis muslos. La venda de satén impuso un silencio visual absoluto, transformando el mundo en una sinfonía de texturas y aromas.

Sus pasos sobre la madera sonaban a terciopelo. Pronto, el aire se volvió denso, cargado con un perfume amaderado que olía a seguridad y misterio. Sus manos, firmes y expertas, recorrieron mi geografía con una urgencia que sabía a fuego lento. Hicimos el amor en un estallido de colores invisibles, donde cada caricia era una nota grave y cada gemido una pincelada de luz en mi oscuridad voluntaria.

Al desatar el nudo, la luz hirió mis pupilas con una belleza inesperada. Ante mí, un hombre de elegancia magnética cuya mirada vibraba en la misma frecuencia que la mía. Sin embargo, entre las sábanas, su confesión fluyó como un río de nostalgia azul: el recuerdo de una joven veinte años menor que habitaba su pecho como un acorde inacabado. Con una caricia que sabía a despedida y generosidad, le insté a buscar aquel eco perdido, empujándolo a recuperar el color de su pasado.

Comprendí que  la ausencia de anhelo es la capacidad de reconocer un fuego ajeno sin quemarse. Al verle marchar, saboreé la dulce ironía, el acto más erótico no es poseer un cuerpo, sino liberar un alma que no nos pertenece.

jueves

Cuenta Atrás

Faltan   horas para la medianoche y el silencio de este salón es el mejor regalo que me he hecho en los últimos meses. No es soledad, es calma.  Antes de que vengas y cierres el 2025 de un portazo me despido brindando con una copa de champán por todos los "entes" que  intentaron habitar mi casa antes que tú y terminaron por desvanecerse.

Recorro la lista de los  que desfilaron por el 2025: el narcisista, el que desaparecía los sábados, el que buscaba una madre... Y entre ellos,  mi "piloto" de cartón piedra, con sus historias de cielos infinitos. Hoy sus recuerdos me llegan con un tacto de terciopelo gastado, suave y triste, de sabor agridulce, como un café demasiado largo. 

Aspirando a la libertad del cielo mientras sus pies yacen enterrados en el barro de sus farsas, 

Su mentira no era contra mí, sino contra su propia realidad. Y entre aterrizajes forzosos en Berlín y turbulencias sobre el Mediterráneo entendí que no necesito que nadie me lleve a las nubes, sé caminar por el asfalto.

Hoy brindo por ellos, para que encuentren la paz y  por mí, que he aprendido a distinguir los espejismos de la luz real. Mi nuevo viaje empieza mañana, sin escalas, el corazón ilusionado y la agenda del teléfono más liviana.

 Feliz 2026! Paz y buenos momentos.

 

lunes

Wide open

 Nunca es demasiado tarde para ser lo que podrías haber sido

 

 


 

El aire sabe a despedida, aunque nunca empezamos nada. Sus palabras suenan tibias, de un color gris que me cansa los ojos. Camino dentro de esta escena y todo huele a algo que no crece. Entiendo, con una claridad que quema, que no es para mí.

Hablo y mi voz tiene una verdad que me asombra: no levanto el tono, pero cada frase cae como vidrio frío sobre la mesa. Le digo que no quiero probar algo que ya se siente ajeno, que su interés se oye lejano, como una música mal afinada. No hay reproche, solo una verdad áspera que raspa.

Mientras me escucha, el silencio pesa y tiene textura de polvo. Siento la desolación en la boca, amarga, seca. Me alejo y el suelo bajo mis pasos suena firme por primera vez. Renunciar duele, sí, pero elegirle tiene un sabor intenso, áspero, emético.

Me doy la vuelta, el tiempo se vuelve espeso de un azul oscuro que hace que su mirada pese como una luz ardiente sobre la piel. El alivio suena grave, como una puerta que por fin encaja. No hay drama, solo un frío limpio recorriéndome las manos. Pienso en lo que no será . La ciudad vuelve a tener ritmo y mis pasos laten cálidos. Sé que mañana  le dolerá un poco menos. El eco opaco en mi pecho de la renuncia tiene olor a comienzo: el mío.

Sigo alejándome y el recuerdo se desvanece. El silencio  no es vacío, es una materia oscura que me roza la espalda, tibia y persistente.Su presencia, incluso ausente, suena aún a eco bajo, viscoso, que me ensucia el pensamiento. Sigo caminando y el suelo parece respirar conmigo, pesado, consciente. La desolación no grita, pulsa lento, como una sombra húmeda. No es alivio. Es algo más cruel y más hondo: la certeza irreversible de haber cerrado una oportunidad antes de haberse iniciado.

 

martes

La Horma de Mi zapato

 

A veces me pregunto si nací con  una señal equivocada que emito sin control. Es la paradoja de mi existencia: atraigo la pureza que no sé cómo retener. Me quedo a oscuras, habitando este silencio que yo misma provoqué, cuestionándome si algún día dejaré de ser un refugio temporal para convertirme en un lugar perenne.

 


 

Pero, por ahora, solo soy el eco de un "lo siento" que nunca es suficiente. Me envuelvo en mi propia soledad como si fuera una armadura, convencida de que el único acto de amor que puedo ofrecer a los hombres buenos es, precisamente, mantenerme lejos de sus vidas.

Llevo la cuenta de los daños en el pecho, como si las cicatrices de otros se marcaran en mi propia piel. Frente a mí, él sonríe con esa honestidad que desarma; es un hombre bueno, de los que cuidan y escuchan, de los que no merecen el naufragio que les espera conmigo.

Mi error es mi forma de mirar. Escucho con una intensidad que ellos confunden con amor, cuando solo es una empatía vestida de gala. No hay malicia, pero sí un resultado devastador. Al ver su ilusión, siento una náusea física, un peso amargo que me recuerda que estoy a punto de destruir algo hermoso.

Cuando su mano busca la mía, me retiro con una frialdad quirúrgica. Y entonces su brillo se apaga, transformándose en esa confusión herida que tanto conozco. Me marcho a casa con el alma pesada, como monstruo vestido de seda que devora esperanzas ajenas sin siquiera tener hambre.. 

Es una crueldad involuntaria, pero crueldad al fin y al cabo. Me asquea mi propia luz cegadora que  solo sirve para encandilar a los inocentes antes de dejarlos a oscuras. Soy el lugar donde los hombres buenos vienen a morir de desengaño. Me encierro, despreciando esta capacidad de atraer lo que no estoy dispuesta a cuidar, convencida de que mi presencia es, en esencia, un acto de vandalismo contra el alma de los demás.

Soy la que te roba el sueño sin tener ganas de dormir. 

 

 

viernes

Al fin es viernes

 "Nuestra vida se define por las oportunidades, incluso aquellas de las que huimos"




A mi edad, mi cuerpo no es un templo, es un campo de minas donde algunos idiotas han jugado a la ruleta rusa. Soy la loba que se ha tragado el sol; tengo la piel curtida por desengaños que saben a cobre y a tormenta. La dama en un tablero donde todos creen ser reyes y no llegan a peones.

Mi deseo es un pozo de petróleo: negro, viscoso y capaz de incendiar ciudades con un roce que huele a metal oxidado. Camino con la parsimonia de quien sabe que el tiempo no es oro, sino sangre espesa que suena a violonchelo desafinado. Cada curva de mi cadera es un verso de Bukowski escupido en la cara de un santo. Me bebo sus miedos; tienen un color ácido, un verde chillón que me raspa la garganta como ginebra adulterada. Soy la elegancia cruel de quien ya solo espera el estruendo dulce de un corazón rompiéndose como cristal bajo mi bota.

Me acerco y su pánico me llega como un perfume de azufre y notas graves, una melodía podrida que me recorre la espina. Sus promesas vibran en el aire con un sabor a ceniza vieja. Soy el silencio que muerde, la sombra que devora sus luces baratas.