El dolor, cuando no se convierte en verdugo, es un gran maestro
La mañana tiene un sabor agridulce, el regusto de un blindaje que nadie ha intentado golpear. Camino sobre un cristal que se empeña en no romperse, y ese silencio, tan pulcro y carente de aristas, me zumba en los oídos con la violencia de una frecuencia desconocida. Acostumbrada al rojo vivo, a esa temperatura que abrasa antes de explicar, al peso de una mirada que se siente como un nudo apretándose en la garganta.... al cambio el aire es incoloro. No hay rastro de la estática eléctrica que precede al rayo, ni ese aroma a pólvora mojada que disfraza el afecto. Con la torpeza de quien busca una pared en la oscuridad y se da de bruces con el espacio, la ausencia de fricción me resulta desconcertante; la calma tiene un tacto de terciopelo que me confunde porque no sé habitar un lugar donde el suelo no tiembla.
Busco la grieta, el matiz oscuro en la transparencia, el eco de un golpe que no llega. Es una soledad compartida que huele a lino limpio, una suavidad tan absoluta que me obliga a reconocer, con un miedo sordo, que mi propio cuerpo es el único que todavía conserva el sabor del incendio Pero la armonía persiste, blanca y asfixiante, como una nota sostenida que me desorienta. Me miro las manos y, con un pánico seco, descubro que soy yo quien sostiene la cerilla. Soy yo quien reclama el estruendo para sentir que camina en un sendero recorrido. Me aterra este oxígeno limpio; me urge el humo, el avance del reproche, la prisa por salir del sueño e impactar con la realidad. Con un movimiento tímido, provoco el primer incendio, solo para reconocer de nuevo el olor de mi propia casa en la que nunca fui suficiente.

Reivindicación de la catástrofe. Una manera de sentirte viva.
ResponderEliminarEl método: uso continuo de elementos sensoriales ( color, olor, sabor, tacto, oído).
Saludos.
El dolor es un maestro infalible.
ResponderEliminarTodo lo que enseña no se olvida jamás.
Besos.