viernes, marzo 27, 2026

Sueños son

 

 

 Yo tuve un sueño en mi vida, soñé que se quedaron conmigo para siempre

 

 


El invierno se ha instalado en mis gestos como una costumbre mansa. Creía que mi historia era ya un libro encuadernado, con los márgenes amarillentos y las hojas cuarteadas de carcoma, con ese final mío tan acostumbrado que firmo con el poso del café de cada mañana. Pero entonces, sin herir el silencio, la vida ha decidido desbordarse por las grietas.

Como el rocío sobre el metal frío: una caricia de luz , una armonía sutil ha empezado a afinar mis cuerdas oxidadas. Me habita una gratitud líquida que no me nubla la vista sino el corazón, y a la vez, en su sombra crece un miedo antiguo, un vértigo de porcelana. Mis manos toscas, gastadas por los inviernos dan apoyo a mis temores.

Camino de puntillas por mis propios días, conteniendo el aliento para no alterar el aire, sintiendo que el universo me ha concedido una prórroga de belleza que no me atrevo a tocar. Y la semana corre veloz al viernes como si quisiera burlarse de mi cobardía y mis ganas de parar el tiempo, ése maldito que consigue siempre que mis pies toquen el suelo antes siquiera de haber aprendido a saltar.

Solo cierro los ojos y me rindo a este sueño que eternizaría en espacio y forma para no tener que  despertar.

 

lunes, marzo 16, 2026

Matando la soledad

 "La ilusión es el primero de todos los placeres"


Me asomé a la aplicación casi por inercia, sin sospechar que el tiempo estaba a punto de volverse elástico. Solo aguanté diez minutos en ella, el tiempo suficiente para que, en ese breve lapso, el aire de la habitación cambiara de densidad. Mi dedo rozó la pantalla y el frío cristal del teléfono empezó a saborear la posibilidad.

Apareció. No fue una imagen o un nombre; fue un saludo que supo a cítrico y a sal, como si el propio viento de Valencia se hubiera colado por la pantalla de mi móvil. Su voz  escrita tenía un color azul profundo, cálido, de ese que te envuelve sin pedir permiso. Fue un regalo de palabras tan nítido que casi podía tocar la textura de su confianza.

No hubo rodeos. Las señales eran tan brillantes que el intercambio de teléfonos se sintió como el paso lógico, el clic final de una cerradura que encaja. Dejamos atrás el ruido de la app para habitar nuestro propio silencio compartido.

Ahora, el calendario ha cobrado un peso distinto. El número 27 ya no es una cifra gris; ahora tiene el tacto de la ilusión y la vibración de una cuenta atrás.  Lo que nació en apenas seiscientos segundos, promete expandirse en una realidad que ya puedo empezar a oler: una mezcla de nervios nuevos, a primavera  y a esa brisa mediterránea que se acerca y promete sintonía siempre y cuando  mis miedos no vuelvan a querer manejar el volante. 

martes, marzo 10, 2026

Roturas

 El dolor, cuando no se convierte en verdugo, es un gran maestro

 


 

La mañana tiene un sabor agridulce, el regusto de un blindaje que nadie ha intentado golpear. Camino sobre un cristal que se empeña en no romperse, y ese silencio, tan pulcro y carente de aristas, me zumba en los oídos con la violencia de una frecuencia desconocida. Acostumbrada al rojo vivo, a esa temperatura que abrasa antes de explicar, al peso de una mirada que se siente como un nudo apretándose en la garganta.... al cambio el aire es incoloro. No hay rastro de la estática eléctrica que precede al rayo, ni ese aroma a pólvora mojada que disfraza el afecto. Con la torpeza de quien busca una pared en la oscuridad y se da de bruces con el espacio, la ausencia de fricción me resulta desconcertante; la calma tiene un tacto de terciopelo que me confunde porque no sé habitar un lugar donde el suelo no tiembla.

Busco la grieta, el matiz oscuro en la transparencia, el eco de un golpe que no llega. Es una soledad compartida que huele a lino limpio, una suavidad tan absoluta que me obliga a reconocer, con un miedo sordo, que mi propio cuerpo es el único que todavía conserva el sabor del incendio Pero la armonía persiste, blanca y asfixiante, como una nota sostenida que me desorienta. Me miro las manos y, con un pánico seco, descubro que soy yo quien sostiene la cerilla. Soy yo quien reclama el estruendo para sentir que camina en un sendero recorrido. Me aterra este oxígeno limpio; me urge el humo, el  avance del reproche, la prisa por salir del sueño e  impactar con la realidad. Con un movimiento tímido, provoco el primer incendio, solo para reconocer de nuevo el olor de mi propia casa en la que nunca fui suficiente.

jueves, marzo 05, 2026

También Ella Baila Sola


 
En la profundidad de tu soledad encontrarás la claridad que el ruido del mundo te niega 
 
 
 
 



 La luz grisácea de la tarde entra por el ventanal sucio, iluminando las motas de polvo que bailan entre nosotros. Me fijo en mis uñas, cortadas al ras, y en la forma en que mis dedos tamborilean sobre la mesa de fórmica siguiendo el ritmo de la radio vieja que suena al fondo. No hay romanticismo en este silencio, solo la normalidad de quien ya lo conoce de memoria. Observo la mancha de café en el puño de la camisa del señor de la mesa contígua y esa forma tan de quienes me rodean de ignorar el ruido de la calle, mientras yo me quedo concentrada en el humo del cigarrillo que se curva entre los dos de quienes fuman en la terraza.

La familiaridad de esta cafetería me reconforta, es una sensación densa, de intimidad. Puedo sentir el calor que desprenden los cuerpos, el peso muerto de los pies del niño bajo la mesa y ese hastío compartido entre los que estamos siempre ahí y que nos mantiene unidos sin necesidad de mirarnos.

Alargo la mano para apartar el cubículo servilletero que entorpece nuestro diálogo, pero cuando mi palma choca contra la superficie fría y pegajosa del tablero, un escalofrío me recorre el brazo. El asiento de enfrente mantiene el cuero rajado, frío y liso, sin el hundimiento de un peso humano. Solo queda el rastro de mi propia respiración empañando el cristal y la certeza de que mi mente ha vuelto a engañarme rellenando el hueco de una silla que lleva años vacía.