viernes

Amenaza lluvia

La lluvia  amenaza con ahogar los violines antes del primer acorde,  huele a tierra mojada, prefacio de finales prematuros.




El cielo tiene hoy un color a hierro oxidado y el olor metálico de la tormenta inminente se me clava en las encías. Es un gris ruidoso. Todo un año de preparativos, de partituras soñadas bajo el sol, se disuelve ahora en el bochorno de una festividad que amenaza con naufragar. Siento el desgarro de lo que no llega a ser, esa coreografía ensayada que el viento empieza a desordenar.

En el bolso, el teléfono vibra con la insistencia de lo muerto. Es Jeremy. Me envía imágenes de su anatomía, una exposición de carne cruda y sin alma que me resulta tan ajena como un idioma olvidado. Su exhibicionismo es un grito desesperado que ya no me alcanza. En medio de este clima suspendido, su nombre sabe a humo y a errores antiguos. Una oferta carnal que llega tarde, como un eco desafinado. En la palma de mi mano, la pantalla escupe su fantasma. Su foto viene envuelta de un ruido blanco, carne explícita y desprovista de gramática que me llega como un telegrama en un idioma que ya no hablo. 

Mientras, el silencio de él me escuece más que cualquier imagen explícita. Tres noches donde el aire se espesa entre nosotros y, sin embargo, sus labios no han rozado los míos. Tres  citas de palabras que rozan pero no tocan. Su boca es un enigma que se queda a milímetros de la mía, un beso que se repliega y me deja náufraga en el desconcierto. Me ilusiono con su contención mientras otros me ofrecen su piel en píxeles. Lo que me desgarra es este hombre, que me habita el pensamiento y que mantiene sus labios a una distancia sagrada de los míos.  Esa ausencia de contacto físico arde más que cualquier imagen, es una sed limpia, una música que no rompe a sonar. El peso de ese silencio en mis labios, lo siento más real y punzante que cualquier piel que me ofrezca el pasado. 


 

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