"En medio del invierno, aprendí por fin que había en mí un verano invencible." Camus
El café me
sabe a victoria esta mañana. Camino descalza por el pasillo, saboreando
el tacto glacial del suelo; una gelidez que generalmente odiaría, pero que hoy
disfruto con la satisfacción de no tener que compartirla por compromiso.
Me he vuelto experta en detectar el rancio aroma de las palabras
ensayadas; ya no regalo frases dóciles para endulzar el oído de quien no
me interesa.
A veces percibo el deseo de algunos hombres
como un ruido estático: gris y pegajoso. Pretenden usar mi cuerpo para
silenciar su propia soledad, pero mi piel no entiende de caridad. No
existe el sexo sin fuego, y no he nacido para apagar incendios ajenos.
Mi placer tiene el color de la autonomía: un azul eléctrico que muy pocos alcanzan a vislumbrar.
Me llega, como un eco metálico y desagradable,
el discurso de esos "iluminados" siniestros. Hablan desde salones con
calefacción, con la boca llena de un combustible que jamás les manchó
las manos. Sus consejos morales huelen a papel viejo e hipocresía.
Desprecio su teoría; esa que, en la práctica, solo sabe a ceniza y
hambre
He
dejado atrás el ruido de las promesas vacías y el roce superficial que
solo genera frío. Rechazo el juego del
cortejo trivial y el artificio de palabras que se lleva el viento. Mi
cuerpo ya no vibra con la frivolidad.
La pasión no es un fuego fatuo, sino una brasa profunda que arde con calma. En mis momentos más inconscientes, me descubro soñando con una piel que entienda el lenguaje de la espera; unas manos que recorran mi geografía con la sabiduría de quien no tiene prisa por llegar, porque sabe que
ya ha llegado.
En mi cama, el deseo tiene el sabor de un vino añejo: oscuro, denso y tan complejo que pocas papilas han sabido apreciar sus matices.
Cualquier día levitas...
ResponderEliminarYa veo la ermita que lleva tu nombre donde peregrinarán en el futuro millones de humanos...