Cuando el amor se apaga la convivencia se siente como el roce del papel de lija sobre el terciopelo: una fricción constante donde unos buscan colonizar silencios y otras se vuelven expertas en camuflar el hastío. Entonces, las pocas palabras que se cruzan huelen a humedad, a sótano cerrado.
Desde la distancia es más sencillo identificar esos comportamientos, errores que una vez cometidos pagas el precio con soledad. El amor termina cuando al ser tocada ya no sientes calor; sino el sonido de un cristal rompiéndose en mil pedazos sordos. La intimidad se convierte entonces en una geometría de ángulos rectos y fríos, una arquitectura donde la necesidad de placer de uno se construye sobre el vacío táctil de la antagonista. Dos frecuencias que nunca sintonizan, un ruido blanco que insiste en llamarse compañía mientras el sabor a ceniza lo inunda todo.
Y días libres, en casa, bajo el arrullo de la Banda sonora de Don´t worry baby el mundo parece encajar por fin. Pero mientras la música promete que todo estará bien, me invade un miedo cabrón, tengo frente a mí lo que siempre pensé que quería y, sin embargo, esta vez temo ser yo quien no cumple con sus expectativas.

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