El pasado es solo una historia que nos contamos
El reloj marcó las ocho y la cerradura cedió con un suspiro de metal. Había dejado la puerta entornada, una invitación fragante a lo desconocido. En la penumbra de mi alcoba, el roce de la seda sobre mi piel sabía a deseo prohibido, mientras el encaje de las ligas dibujaba un mapa de escalofríos en mis muslos. La venda de satén impuso un silencio visual absoluto, transformando el mundo en una sinfonía de texturas y aromas.
Sus pasos sobre la madera sonaban a terciopelo. Pronto, el aire se volvió denso, cargado con un perfume amaderado que olía a seguridad y misterio. Sus manos, firmes y expertas, recorrieron mi geografía con una urgencia que sabía a fuego lento. Hicimos el amor en un estallido de colores invisibles, donde cada caricia era una nota grave y cada gemido una pincelada de luz en mi oscuridad voluntaria.
Al desatar el nudo, la luz hirió mis pupilas con una belleza inesperada. Ante mí, un hombre de elegancia magnética cuya mirada vibraba en la misma frecuencia que la mía. Sin embargo, entre las sábanas, su confesión fluyó como un río de nostalgia azul: el recuerdo de una joven veinte años menor que habitaba su pecho como un acorde inacabado. Con una caricia que sabía a despedida y generosidad, le insté a buscar aquel eco perdido, empujándolo a recuperar el color de su pasado.
Comprendí que la ausencia de anhelo es la capacidad de reconocer un fuego ajeno sin quemarse. Al verle marchar, saboreé la dulce ironía, el acto más erótico no es poseer un cuerpo, sino liberar un alma que no nos pertenece.
Sí...liberar es algo magnífico... sobre todo cuando dan la lata con sus exigencias insoportables y aborrecibles.
ResponderEliminarEn eso soy un maestro.
Besos.
jajajaj, qué hombre tan paciente y comprensivo.
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