lunes, febrero 09, 2026

Inventario de rutinas

 


El despertador no suena confirmando que el insomnio ha ganado otra batalla. Son las cinco de la mañana. El espejo del baño me devuelve una imagen gastada de lo que creo ser. Cuento las líneas de expresión como quien cuenta los anillos de un árbol que ha sobrevivido a demasiadas sequías aunque por dentro  sea un poste pelado de cables y purpurina vieja. El segundero es un bisturí que me rebana los años sobre la encimera de granito

Mi vida se ha convertido, sin darme cuenta, en  una coreografía de gestos automáticos: el clic de la cafetera, el nudo del fular, el trayecto al coche de madrugada para evitar la mirada de quien  moleste tus pensamientos contagiados de  desidia, la puerta de casa cerrada tras de mí....

Con la paciencia de un jardinero obsesivo, busco en el reflejo de los escaparates, en el aroma del perfume ajeno, en los finales de las canciones que ya no suenan en la radio. Solo el motor de una maquinaria que produce un humo caliente me mantiene en este invierno, perpetuo de hojas de cálculo y cenas para uno frente al televisor.

En la oficina, el café sabe  a lunes estancado y la existencia es una síncopa de texturas ásperas: el roce sintético de la blusa, la luz estridente, el zumbido de personas que van llegando y rompen con la paz del silencio.

En la vuelta a casa, vago como experta en  arqueología de lo que no existe, buscando su ausencia en el color del frío, en la demencia de un incendio que huele a lavanda y a tiempo perdido o en el eco de un abrazo que jamás ocurrió

Mi rutina apesta a desinfectante y a flores muertas. Me muevo en la estancia como un animal ciego, rozando muebles que tienen más alma que mis amantes de turno o ese amor imposible que  inventé para no ahorcarme con el cable del cargador del móvil.

El silencio en el hogar, sin embargo, tiene el color de la carne cruda y el futuro huele a ropa húmeda olvidada en la lavadora. Ya no busco salvarme, solo espero que la inercia termine de triturarme los huesos para dejar de sentir este hambre de algo que, ahora lo sé, nunca tuvo intención de existir.

7 comentarios:

  1. Este texto despliega con una lucidez estremecedora la rutina vacía y desencantada del yo poético, atrapado en la maquinaria gris de los días. No debemos confundir esta voz con la autora real: es una construcción del lenguaje que encarna la experiencia de la desolación contemporánea. Su mirada, impregnada de cansancio y ternura deshecha, convierte los gestos más triviales —el clic de la cafetera, el espejo, el regreso a casa— en símbolos de una existencia alienada. Hay belleza en su derrota: una poética del agotamiento donde, pese al dolor, late aún una conciencia intensamente viva.

    Saludos.

    ResponderEliminar
  2. Espero que te escapes de esa rutina asfixiante.
    Aún estás a tiempo.
    Ojalá lo consigas.

    Más tarde es muy difícil.

    Besos.

    ResponderEliminar
  3. El silencio, la soledad y la rutina son la argamasa de tu deambular por el mundo y por tu vida. Un texto muy logrado, literariamente hablando, pero terrible en contenido. Todo parece estar a punto de estallar; sin embargo, hay una espita, una válvula de escape que alivia la presión interna: tus palabras, las que escribes y leemos.

    ResponderEliminar
  4. Ese inventario huele a madrugada mala, de las que uno hace por pura inercia.Como ha sido la mia hoy. La rutina no arregla nada, solo sirve para ir pasando días sin pensar demasiado. Es fácil reconocerse porque todos hemos estado ahí alguna vez. Duro, pero muy cercano.

    ResponderEliminar
    Respuestas
    1. A ver si consigo que leas este comentario: desde hace unos días no puedo acceder a tu blog, no sé si tocaste algo o si has notado que le pase a alguien más.

      Eliminar
  5. Aina, hay textos que no se leen: se atraviesan. Este inventario tuyo es de esos. No por lo que cuenta, sino por cómo lo cuenta, con esa precisión que convierte cada gesto mínimo en una grieta por donde asoma algo más hondo que la rutina.
    Hay imágenes que duelen por verdaderas (el segundero como bisturí, la casa que respira más que uno mismo), pero también hay una lucidez que no se rinde, aunque lo parezca.
    Incluso en la derrota que describe la voz del texto, late una conciencia que no se apaga, una especie de vigilia que observa, nombra y transforma lo que toca. Eso es lo que lo salva y lo que nos salva a quienes lo leemos.
    Quizá la rutina sea gris, pero tu manera de mirarla no lo es. Y ahí, aunque no lo digas, hay una forma de resistencia.

    ResponderEliminar
  6. Anónimo8:12

    Aina Rotger Vives! Te recuerdo! , tú tenías otro blog hace años, ¿verdad? me suena mucho haberte leido antes. Hace 20 años o así. Perdí tu rastro y hoy te he encontrado por casualidad leyendo comentarios tuyos en otro sitio. Me llamo Pablo, no sé si te acordarás de mí, comentaba mucho tus antiguos escritos.

    ResponderEliminar

Pasos