jueves

Cuenta Atrás

Faltan   horas para la medianoche y el silencio de este salón es el mejor regalo que me he hecho en los últimos meses. No es soledad, es calma.  Antes de que vengas y cierres el 2025 de un portazo me despido brindando con una copa de champán por todos los "entes" que  intentaron habitar mi casa antes que tú y terminaron por desvanecerse.

Recorro la lista de los  que desfilaron por el 2025: el narcisista, el que desaparecía los sábados, el que buscaba una madre... Y entre ellos,  mi "piloto" de cartón piedra, con sus historias de cielos infinitos. Hoy sus recuerdos me llegan con un tacto de terciopelo gastado, suave y triste, de sabor agridulce, como un café demasiado largo. 

Aspirando a la libertad del cielo mientras sus pies yacen enterrados en el barro de sus farsas, 

Su mentira no era contra mí, sino contra su propia realidad. Y entre aterrizajes forzosos en Berlín y turbulencias sobre el Mediterráneo entendí que no necesito que nadie me lleve a las nubes, sé caminar por el asfalto.

Hoy brindo por ellos, para que encuentren la paz y  por mí, que he aprendido a distinguir los espejismos de la luz real. Mi nuevo viaje empieza mañana, sin escalas, el corazón ilusionado y la agenda del teléfono más liviana.

 Feliz 2026! Paz y buenos momentos.

 

lunes

Wide open

 Nunca es demasiado tarde para ser lo que podrías haber sido

 

 


 

El aire sabe a despedida, aunque nunca empezamos nada. Sus palabras suenan tibias, de un color gris que me cansa los ojos. Camino dentro de esta escena y todo huele a algo que no crece. Entiendo, con una claridad que quema, que no es para mí.

Hablo y mi voz tiene una verdad que me asombra: no levanto el tono, pero cada frase cae como vidrio frío sobre la mesa. Le digo que no quiero probar algo que ya se siente ajeno, que su interés se oye lejano, como una música mal afinada. No hay reproche, solo una verdad áspera que raspa.

Mientras me escucha, el silencio pesa y tiene textura de polvo. Siento la desolación en la boca, amarga, seca. Me alejo y el suelo bajo mis pasos suena firme por primera vez. Renunciar duele, sí, pero elegirle tiene un sabor intenso, áspero, emético.

Me doy la vuelta, el tiempo se vuelve espeso de un azul oscuro que hace que su mirada pese como una luz ardiente sobre la piel. El alivio suena grave, como una puerta que por fin encaja. No hay drama, solo un frío limpio recorriéndome las manos. Pienso en lo que no será . La ciudad vuelve a tener ritmo y mis pasos laten cálidos. Sé que mañana  le dolerá un poco menos. El eco opaco en mi pecho de la renuncia tiene olor a comienzo: el mío.

Sigo alejándome y el recuerdo se desvanece. El silencio  no es vacío, es una materia oscura que me roza la espalda, tibia y persistente.Su presencia, incluso ausente, suena aún a eco bajo, viscoso, que me ensucia el pensamiento. Sigo caminando y el suelo parece respirar conmigo, pesado, consciente. La desolación no grita, pulsa lento, como una sombra húmeda. No es alivio. Es algo más cruel y más hondo: la certeza irreversible de haber cerrado una oportunidad antes de haberse iniciado.

 

martes

La Horma de Mi zapato

 

A veces me pregunto si nací con  una señal equivocada que emito sin control. Es la paradoja de mi existencia: atraigo la pureza que no sé cómo retener. Me quedo a oscuras, habitando este silencio que yo misma provoqué, cuestionándome si algún día dejaré de ser un refugio temporal para convertirme en un lugar perenne.

 


 

Pero, por ahora, solo soy el eco de un "lo siento" que nunca es suficiente. Me envuelvo en mi propia soledad como si fuera una armadura, convencida de que el único acto de amor que puedo ofrecer a los hombres buenos es, precisamente, mantenerme lejos de sus vidas.

Llevo la cuenta de los daños en el pecho, como si las cicatrices de otros se marcaran en mi propia piel. Frente a mí, él sonríe con esa honestidad que desarma; es un hombre bueno, de los que cuidan y escuchan, de los que no merecen el naufragio que les espera conmigo.

Mi error es mi forma de mirar. Escucho con una intensidad que ellos confunden con amor, cuando solo es una empatía vestida de gala. No hay malicia, pero sí un resultado devastador. Al ver su ilusión, siento una náusea física, un peso amargo que me recuerda que estoy a punto de destruir algo hermoso.

Cuando su mano busca la mía, me retiro con una frialdad quirúrgica. Y entonces su brillo se apaga, transformándose en esa confusión herida que tanto conozco. Me marcho a casa con el alma pesada, como monstruo vestido de seda que devora esperanzas ajenas sin siquiera tener hambre.. 

Es una crueldad involuntaria, pero crueldad al fin y al cabo. Me asquea mi propia luz cegadora que  solo sirve para encandilar a los inocentes antes de dejarlos a oscuras. Soy el lugar donde los hombres buenos vienen a morir de desengaño. Me encierro, despreciando esta capacidad de atraer lo que no estoy dispuesta a cuidar, convencida de que mi presencia es, en esencia, un acto de vandalismo contra el alma de los demás.

Soy la que te roba el sueño sin tener ganas de dormir. 

 

 

viernes

Al fin es viernes

 "Nuestra vida se define por las oportunidades, incluso aquellas de las que huimos"




A mi edad, mi cuerpo no es un templo, es un campo de minas donde algunos idiotas han jugado a la ruleta rusa. Soy la loba que se ha tragado el sol; tengo la piel curtida por desengaños que saben a cobre y a tormenta. La dama en un tablero donde todos creen ser reyes y no llegan a peones.

Mi deseo es un pozo de petróleo: negro, viscoso y capaz de incendiar ciudades con un roce que huele a metal oxidado. Camino con la parsimonia de quien sabe que el tiempo no es oro, sino sangre espesa que suena a violonchelo desafinado. Cada curva de mi cadera es un verso de Bukowski escupido en la cara de un santo. Me bebo sus miedos; tienen un color ácido, un verde chillón que me raspa la garganta como ginebra adulterada. Soy la elegancia cruel de quien ya solo espera el estruendo dulce de un corazón rompiéndose como cristal bajo mi bota.

Me acerco y su pánico me llega como un perfume de azufre y notas graves, una melodía podrida que me recorre la espina. Sus promesas vibran en el aire con un sabor a ceniza vieja. Soy el silencio que muerde, la sombra que devora sus luces baratas.

martes

Entre Querer y Desear

 Echo de menos el caminar descalza por el pasillo, dueña absoluta de cada mota de polvo y de mis rutinas más egoístas












Me obliga a negociar el espacio y a redescubrir el vértigo de ser vulnerable.

Me observo en el espejo del baño mientras aparto su cepillo de dientes para apoyar el mío. Es un gesto minúsculo, pero pesa como una declaración de guerra contra mi antigua independencia. He pasado años blindando mi corazón con capas de autosuficiencia, convencida de que nadie más encajaría en las grietas de mi carácter. Y aquí está, en findes alternos, dejando su rastro de café en la cocina y desordenando mis sábanas de hilo con la naturalidad de quién anda en propia casa. 

A veces le miro de reojo mientras duerme y siento una mezcla extraña de ternura y reproche. Ha venido a desmantelar mi fortaleza solitaria con la paciencia de quien no tiene prisa. Acepto el reto de dividir mi aire, de ceder el lado izquierdo de la cama y de reconocer, con una sonrisa resignada, que compartir es la forma más noble de perder el control del egoísmo. 

Cuando marcha, me quedo observando la puerta, debatiéndome entre el calor de su abrazo y la fría, pero gloriosa, libertad de volver a ser la única dueña de mi aire durante toda una semana.


miércoles

Miércoles

 Son las 3am y no concilio el sueño...


Subo el volumen y el jazz que llena el comedor adquiere un tono índigo profundo. Este silencio de la mañana, que atesoro, sabe a menta fresca en mi lengua. Mi vida es una composición tranquila, y la paz se siente como una textura de terciopelo cálido.

A veces, cuando  deseo compañía, sacude esa protección desconfiada para que  no opaque la luz interior de mi existencia. Mis reglas son sencillas, con una claridad casi metálica,  la obligación suena a murmullo constante. La soledad adquiere un color a abandono, el hastío huele a ceniza vieja. La  presencia ajena me causa ruido ante la intimidad  pegajosa.

Nuestro vínculo se siente como un acorde Mayor, perfectamente equilibrado. Nos vemos selectivamente. Cenamos, a veces en silencio, donde el afecto se vuelve un suave murmullo ocre en el aire, sin presión. Mis días libres tienen el verde brillante de la autonomía total.

Lo miro mientras él descansa en mi sofá y siento un afecto que es visualmente claro, sin sombras. Entró en mi vida sin  ensordecer mi calma.

Al acostarnos, mi soledad se desvanece, con una temperatura fresca y reconfortante que mantiene el color de mi paz interior. Es una conexión que suena a promesa suave y se siente maravillosamente ligera.

Y entonces  aparece el autoboicot recordándome que no sé, no puedo y tal vez,  ni siquiera quiero. 

jueves

Tropiezos

"Life was like a box of chocolates. You never know what you're gonna get."



El frío me pertenece. La soledad es una manta pesada que me aísla del aire rancio de la ilusión. Mi mente, un castillo de piedra fortificado por años de decepciones , se regocija en el cinismo. El camino adoquinado: cada piedra es una promesa que juré no volver a pisar.

Y tropiezo. La inercia me arrastra hacia el suelo duro, el castigo conocido.

Pero el impacto se anula. Una mano me intercepta. Es un ancla de calor firme en el hielo de mi brazo. De textura áspera, la lana de su abrigo rozando mi piel expuesta. El aire alrededor se vuelve denso, cargado.

Mi coraza metálica cruje.

Él me ve, y no solo mira. Siento el peso de su observación; capta el detalle exacto de mis lunares y detiene su mirada sutil donde coincide con la mía.

Su voz profunda es una nota baja y constante que rompe el silencio. Habla  y la palabra no se siente hueca; es un puñetazo de realidad. El concepto aterriza con un peso físico en mi estómago, asentando algo que siempre estuvo suelto.

El paseo entero, antes un campo minado de recuerdos, se transforma. El sol, que había sido una moneda fría en el cielo, ahora irradia un tenue color malva que me calienta las mejillas. El temblor no es de frío; es interno,. Es la sensación visceral de que el muro se resquebraja, liberando el aire estancado.

Una nueva ilusión es un brote diminuto y verde en la tierra helada de mi corazón. Ya no carga la manta pesada. Siento el aire fresco en la piel, y no me estoy preparando para la caída, estoy de pie, sujeta a su brazo y me estoy permitiendo mirar hacia adelante.

 

sábado

Sábado

 Es preferible la compañía de los buitres a la de los aduladores, aquellos se comen a los muertos, éstos devoran a los vivos.


 


El café de los sábados por la mañana sabe a nostalgia, aunque la taza esté humeante y la cafetería huela a canela. Cuando los fines
 de semana son un recordatorio silencioso de un espacio vacío en la silla de al lado, un vacío en el que cabe otra risa, otro punto de vista, una mirada cómplice, otro pulso vital sincronizándose con el mío...

Se tambalea la creencia de que las  conexiones deben ser forjadas con esfuerzo y tiempo. El tiempo pasa y la forja permanece impávida.  La independencia cuidadosamente cultivada erige muros tan altos que nadie en su sano juicio querría saltarlos. 


Soy experta en disfrutar de mi propia compañía, las domingos de cine en casa, los viajes improvisados con una maleta ligera, la posibilidad de elegir el menú para cenar sin negociaciones. Pero la libertad puede sentirse como una celda de cristal.

Esta mañana, en el café, mientras dibujaba bocetos en la servilleta, a través de una ventana con vistas a las calles sucias de la ciudad,  un par de palomas compartían migajas de pan en la acera. El momento, simple y efímero, sin  grandes gestos cinematográficos, solo la voluntad de estar presente para el otro y compartir y aprovechar las oportunidades que la casualidad te ofrece, ha provocado en mí dudas y pesares.

Guardo el teléfono, que vibra con un nuevo "whatssap". Por la noche, sin café, las luces de la ciudad apagadas y la desesperanza paciente, leeré el mensaje y rechazaré la oferta de compartir alegando que tengo planes conmigo misma. 

El domingo traerá nuevas interacciones y quizás la decisión de empezar a construir algo con alguien más que con mi celosa compañera, la soledad.
                                                                                                                                                       

jueves

Cronómetros a Cero

 

La  vida es demasiado corta como para sostener cargas ajenas pero  demasiado larga para no perseguir los pequeños fulgores que encienden el corazón.

 

                 

El aire es una gelatina tibia, densa e inamovible, como si el tiempo mismo se hubiera quedado pegado a los muebles.   Sentada en el sillón de terciopelo gastado,  el aburrimiento no es una ausencia, sino una presencia palpable.

El desgarro de la incertidumbre anclada,  la necesidad de un grito y la incapacidad de mover un músculo . Un momento me asalta una paz lánguida, al siguiente, un terror punzante, el terror de que esto fuera todo. Mis ojos vagan por el polvoriento rayo de sol que entra por la ventana buscando la esperanza como cuando un  naúfrago visualiza un barco en el horizonte.

El amor se me antoja ahora como una promesa fallida, un eco lejano que no llega a llenar la pesada quietud de la tarde. En esa densidad, solo quedo yo, flotando, destructible y atrapada  entre el querer y el permitir.

Cuando no quedan crónicas que reescribir solo queda el eco de los finales olvidados.

                                                                                                                                                                    

 

 

sábado

La Levedad Del Alma

 Hay una levedad peculiar en ser mujer de mi edad. Una levedad que no tiene que ver con  peso del cuerpo sino con el peso del alma.


 


 

 No suficiente con invitarse a venir, me pidió que le recibiera tumbada sobre la cama, con ligas negras y camisa transparente. Y yo, que no estoy por dicutir, acaté  fielmente sus deseos.

 Cuando llegas a casa repites que vivir sola  no es una derrota, es un territorio conquistado. Como es un lujo el  escuchar tus propios pasos en una casa completa de silencios, preparas la cena para lo que  quieres cenar y puedes dormir en diagonal sin pedir permiso, todo parece positivo hasta que aparece el temido frío. El gélido infierno que pide a gritos calor humano,  família en pijama,  sofá y manta,  chimenea y alfombra persa,  chocolate caliente, ...

 Nuestra relación data de hace un par de años, de varios cafés con largas conversaciones en torno a temas políticos, de mensajes de whatssaps esporádicos con intercambio de saludos correctos, buenos modales y mejores deseos.

 En una de estas ínfimas conversaciones me contó un sueño que había tenido en repetidas ocasiones conmigo como protagonista. Tras insinuaciones seguidas de indecisiones...un martes cualquiera, en penumbra, puerta entreabierta y música de fondo...rompimos con todos los tabúes que dificultaban un encuentro y lo hicimos... con alevosía y sin pudor. Y supe después que echaría de menos las "solo" conversaciones.

Tu casa, una trinchera silenciosa en la que a veces te sorprende el eco de tu propia respiración,  un precio que se paga con noches largas y cicatrices pequeñas y cuando aparece la gripe  y nadie más que el frío se ha acordado de no olvidarte... la levedad del alma aumenta de peso.