lunes

Wide open

 Nunca es demasiado tarde para ser lo que podrías haber sido

 

 


 

El aire sabe a despedida, aunque nunca empezamos nada. Sus palabras suenan tibias, de un color gris que me cansa los ojos. Camino dentro de esta escena y todo huele a algo que no crece. Entiendo, con una claridad que quema, que no es para mí.

Hablo y mi voz tiene una verdad que me asombra: no levanto el tono, pero cada frase cae como vidrio frío sobre la mesa. Le digo que no quiero probar algo que ya se siente ajeno, que su interés se oye lejano, como una música mal afinada. No hay reproche, solo una verdad áspera que raspa.

Mientras me escucha, el silencio pesa y tiene textura de polvo. Siento la desolación en la boca, amarga, seca. Me alejo y el suelo bajo mis pasos suena firme por primera vez. Renunciar duele, sí, pero elegirle tiene un sabor intenso, áspero, emético.

Me doy la vuelta, el tiempo se vuelve espeso de un azul oscuro que hace que su mirada pese como una luz ardiente sobre la piel. El alivio suena grave, como una puerta que por fin encaja. No hay drama, solo un frío limpio recorriéndome las manos. Pienso en lo que no será . La ciudad vuelve a tener ritmo y mis pasos laten cálidos. Sé que mañana  le dolerá un poco menos. El eco opaco en mi pecho de la renuncia tiene olor a comienzo: el mío.

Sigo alejándome y el recuerdo se desvanece. El silencio  no es vacío, es una materia oscura que me roza la espalda, tibia y persistente.Su presencia, incluso ausente, suena aún a eco bajo, viscoso, que me ensucia el pensamiento. Sigo caminando y el suelo parece respirar conmigo, pesado, consciente. La desolación no grita, pulsa lento, como una sombra húmeda. No es alivio. Es algo más cruel y más hondo: la certeza irreversible de haber cerrado una oportunidad antes de haberse iniciado.

 

martes

La Horma de Mi zapato

 

A veces me pregunto si nací con  una señal equivocada que emito sin control. Es la paradoja de mi existencia: atraigo la pureza que no sé cómo retener. Me quedo a oscuras, habitando este silencio que yo misma provoqué, cuestionándome si algún día dejaré de ser un refugio temporal para convertirme en un lugar perenne.

 


 

Pero, por ahora, solo soy el eco de un "lo siento" que nunca es suficiente. Me envuelvo en mi propia soledad como si fuera una armadura, convencida de que el único acto de amor que puedo ofrecer a los hombres buenos es, precisamente, mantenerme lejos de sus vidas.

Llevo la cuenta de los daños en el pecho, como si las cicatrices de otros se marcaran en mi propia piel. Frente a mí, él sonríe con esa honestidad que desarma; es un hombre bueno, de los que cuidan y escuchan, de los que no merecen el naufragio que les espera conmigo.

Mi error es mi forma de mirar. Escucho con una intensidad que ellos confunden con amor, cuando solo es una empatía vestida de gala. No hay malicia, pero sí un resultado devastador. Al ver su ilusión, siento una náusea física, un peso amargo que me recuerda que estoy a punto de destruir algo hermoso.

Cuando su mano busca la mía, me retiro con una frialdad quirúrgica. Y entonces su brillo se apaga, transformándose en esa confusión herida que tanto conozco. Me marcho a casa con el alma pesada, como monstruo vestido de seda que devora esperanzas ajenas sin siquiera tener hambre.. 

Es una crueldad involuntaria, pero crueldad al fin y al cabo. Me asquea mi propia luz cegadora que  solo sirve para encandilar a los inocentes antes de dejarlos a oscuras. Soy el lugar donde los hombres buenos vienen a morir de desengaño. Me encierro, despreciando esta capacidad de atraer lo que no estoy dispuesta a cuidar, convencida de que mi presencia es, en esencia, un acto de vandalismo contra el alma de los demás.

Soy la que te roba el sueño sin tener ganas de dormir. 

 

 

viernes

Al fin es viernes

 "Nuestra vida se define por las oportunidades, incluso aquellas de las que huimos"




A mi edad, mi cuerpo no es un templo, es un campo de minas donde algunos idiotas han jugado a la ruleta rusa. Soy la loba que se ha tragado el sol; tengo la piel curtida por desengaños que saben a cobre y a tormenta. La dama en un tablero donde todos creen ser reyes y no llegan a peones.

Mi deseo es un pozo de petróleo: negro, viscoso y capaz de incendiar ciudades con un roce que huele a metal oxidado. Camino con la parsimonia de quien sabe que el tiempo no es oro, sino sangre espesa que suena a violonchelo desafinado. Cada curva de mi cadera es un verso de Bukowski escupido en la cara de un santo. Me bebo sus miedos; tienen un color ácido, un verde chillón que me raspa la garganta como ginebra adulterada. Soy la elegancia cruel de quien ya solo espera el estruendo dulce de un corazón rompiéndose como cristal bajo mi bota.

Me acerco y su pánico me llega como un perfume de azufre y notas graves, una melodía podrida que me recorre la espina. Sus promesas vibran en el aire con un sabor a ceniza vieja. Soy el silencio que muerde, la sombra que devora sus luces baratas.

martes

Entre Querer y Desear

 Echo de menos el caminar descalza por el pasillo, dueña absoluta de cada mota de polvo y de mis rutinas más egoístas












Me obliga a negociar el espacio y a redescubrir el vértigo de ser vulnerable.

Me observo en el espejo del baño mientras aparto su cepillo de dientes para apoyar el mío. Es un gesto minúsculo, pero pesa como una declaración de guerra contra mi antigua independencia. He pasado años blindando mi corazón con capas de autosuficiencia, convencida de que nadie más encajaría en las grietas de mi carácter. Y aquí está, en findes alternos, dejando su rastro de café en la cocina y desordenando mis sábanas de hilo con la naturalidad de quién anda en propia casa. 

A veces le miro de reojo mientras duerme y siento una mezcla extraña de ternura y reproche. Ha venido a desmantelar mi fortaleza solitaria con la paciencia de quien no tiene prisa. Acepto el reto de dividir mi aire, de ceder el lado izquierdo de la cama y de reconocer, con una sonrisa resignada, que compartir es la forma más noble de perder el control del egoísmo. 

Cuando marcha, me quedo observando la puerta, debatiéndome entre el calor de su abrazo y la fría, pero gloriosa, libertad de volver a ser la única dueña de mi aire durante toda una semana.


miércoles

Miércoles

 Son las 3am y no concilio el sueño...


Subo el volumen y el jazz que llena el comedor adquiere un tono índigo profundo. Este silencio de la mañana, que atesoro, sabe a menta fresca en mi lengua. Mi vida es una composición tranquila, y la paz se siente como una textura de terciopelo cálido.

A veces, cuando  deseo compañía, sacude esa protección desconfiada para que  no opaque la luz interior de mi existencia. Mis reglas son sencillas, con una claridad casi metálica,  la obligación suena a murmullo constante. La soledad adquiere un color a abandono, el hastío huele a ceniza vieja. La  presencia ajena me causa ruido ante la intimidad  pegajosa.

Nuestro vínculo se siente como un acorde Mayor, perfectamente equilibrado. Nos vemos selectivamente. Cenamos, a veces en silencio, donde el afecto se vuelve un suave murmullo ocre en el aire, sin presión. Mis días libres tienen el verde brillante de la autonomía total.

Lo miro mientras él descansa en mi sofá y siento un afecto que es visualmente claro, sin sombras. Entró en mi vida sin  ensordecer mi calma.

Al acostarnos, mi soledad se desvanece, con una temperatura fresca y reconfortante que mantiene el color de mi paz interior. Es una conexión que suena a promesa suave y se siente maravillosamente ligera.

Y entonces  aparece el autoboicot recordándome que no sé, no puedo y tal vez,  ni siquiera quiero. 

jueves

Tropiezos

"Life was like a box of chocolates. You never know what you're gonna get."



El frío me pertenece. La soledad es una manta pesada que me aísla del aire rancio de la ilusión. Mi mente, un castillo de piedra fortificado por años de decepciones , se regocija en el cinismo. El camino adoquinado: cada piedra es una promesa que juré no volver a pisar.

Y tropiezo. La inercia me arrastra hacia el suelo duro, el castigo conocido.

Pero el impacto se anula. Una mano me intercepta. Es un ancla de calor firme en el hielo de mi brazo. De textura áspera, la lana de su abrigo rozando mi piel expuesta. El aire alrededor se vuelve denso, cargado.

Mi coraza metálica cruje.

Él me ve, y no solo mira. Siento el peso de su observación; capta el detalle exacto de mis lunares y detiene su mirada sutil donde coincide con la mía.

Su voz profunda es una nota baja y constante que rompe el silencio. Habla  y la palabra no se siente hueca; es un puñetazo de realidad. El concepto aterriza con un peso físico en mi estómago, asentando algo que siempre estuvo suelto.

El paseo entero, antes un campo minado de recuerdos, se transforma. El sol, que había sido una moneda fría en el cielo, ahora irradia un tenue color malva que me calienta las mejillas. El temblor no es de frío; es interno,. Es la sensación visceral de que el muro se resquebraja, liberando el aire estancado.

Una nueva ilusión es un brote diminuto y verde en la tierra helada de mi corazón. Ya no carga la manta pesada. Siento el aire fresco en la piel, y no me estoy preparando para la caída, estoy de pie, sujeta a su brazo y me estoy permitiendo mirar hacia adelante.