jueves, febrero 26, 2026

Timing

 Las grandes expectativas son la  semilla de las grandes desilusiones (Thomas Fuller)



La pantalla es un lago de mercurio frío. Dos marcas azules (para mí: un par de cicatrices eléctricas), confirman que el pulso ha llegado al otro lado, pero allí se ha disuelto en una calma mineral. No hay eco. A estas alturas de la vida, se aprende que el silencio no es siempre una ausencia, sino una arquitectura de sedimentos, algo que se construye con la paciencia de quien ha decidido que el movimiento es una forma de ruido innecesaria.

Habita un tiempo sin orillas. Es esa quietud de la horchata que se asienta en el fondo del vaso, una densidad que no conoce la ebullición. Mientras el segundero de la pared intenta morder el aire con su ritmo metálico, la respuesta flota en una dimensión de terciopelo y desgana, donde las urgencias se vuelven polvo. No es una espera de minutos, es una espera de eras geológicas.

No hay un corazón que galope, solo una inercia mansa que contempla el mensaje como si fuera un jeroglífico encontrado en la arena: algo que ya está allí, que no exige ser perturbado. El vacío no pesa, simplemente se extiende, igual que esa luz mortecina que ya no busca incendiar nada y que se conforma con no apagarse del todo mientras el mundo, afuera, insiste en girar a una velocidad que para él es una pausa en mi reloj acelerado.

Doce horas  después esos dos tics azules reposan en la pantalla como lápidas gemelas. hijas de un flujo pausado de almíbar que ignora cualquier sentido de prioridad ( en este caso, la mía), como si las diez horas de espera no hubieran sido un desierto  de desilusión con vistas a ningún horizonte.

 

viernes, febrero 20, 2026

El lenguaje obtuso de la seducción

 

 "Pensamos demasiado y sentimos muy poco"

 

 


 

El café hoy me sabe a rayos,  el roce de la lana contra mis muñecas me produce escalofríos y el viento azota mi rostro como si quiera castigarme por algo que no he hecho.  Y para más inri todo desenboca en ese aroma a asfalto mojado que me invade y  se instala  en mi garganta cada vez que le pienso.

La seguridad en mí es una melodía afinada pero ante él, mi gramática se vuelve muda, los silencios se tornan  invitaciones y como quien escribe en braille, mis dedos temblorosos desdibujan sobre el lienzo  una coreografía que él no sabe descifrar. Un paso en falso rompe este equilibrio de cristal y me escupe en forma de espejo  la niña que reside en mí y no fue suficiente.

En la evocación, su mirada se posa en la mía con una cortesía distraída, un eco que no alcanza a tocar la  orilla y yo, envuelta en mi propio abrazo, oculto el hambre tras una sonrisa que apenas le llega a los ojos. 

Me guardo las palabras en los bolsillos, como piedras pesadas, mientras mi cuerpo se vuelve pequeño, casi invisible. Soy un acorde menor que él escucha sin entender, y aguardo en la penumbra a que decida no soltar mi mano en medio de una tormenta que solo late bajo mi piel.

Cada vez que bajo la vista hacia mi taza, confío en que el hilo de seda que he lanzado sea lo suficientemente fuerte para sostener el instante en el que  el silencio no es una carencia, sino una posibilidad esperando su momento. 

lunes, febrero 16, 2026

Un San Valentin Cualquiera

 “Me enamoro con cada palabra, me destrozo con cada acción”

 


A estas alturas de mi vida sigo aprendiendo, como cuando asimilo que las esperanzas no mueren con un estruendo sino con el sonido sordo de un hilo de seda al quebrarse.

Después de una eterna espera tan milimétricamente cuidada como  quien restaura una pintura antigua, mi ilusión, de un color ámbar y sabor a viento de agosto, era una certeza tibia que palpitaba en mis muñecas. Pero mientras  esperaba, el aire empezó a volverse denso, adquiriendo ese aroma gris de las horas muertas que no conducen a ninguna parte.

Al mirar el reloj, el silencio de la casa dejó de ser calma para convertirse en un frío áspero que me recorría la espalda. Mi fantasía, esa que yo misma había alimentado con susurros, se desvaneció sin drama. No hubo despedidas; solo el tacto helado de la realidad golpeando mi pecho.

Cerrando los ojos puedo oler el fracaso de  flores marchitas. Me desvisto de la confianza con la lentitud de un ritual fúnebre. San Valentín es una ausencia pálida que suena a reloj de arena detenido. Mañana el sol tendrá un sabor distinto, quizá más amargo.

Y con la agenda del teléfono a mano empiezo de nuevo el ejercicio de poda que ya conozco bien. Al deslizar el dedo para eliminar el contacto, se escucha el crujido seco del corazón roto,  otra ausencia que se suma a mi inventario.

La lista, cada vez más disminuida, es ahora un desierto de voces blancas y ecos mudos. Un lienzo que pide a gritos un poco de autoestima.

lunes, febrero 09, 2026

Inventario de rutinas

 


El despertador no suena confirmando que el insomnio ha ganado otra batalla. Son las cinco de la mañana. El espejo del baño me devuelve una imagen gastada de lo que creo ser. Cuento las líneas de expresión como quien cuenta los anillos de un árbol que ha sobrevivido a demasiadas sequías aunque por dentro  sea un poste pelado de cables y purpurina vieja. El segundero es un bisturí que me rebana los años sobre la encimera de granito

Mi vida se ha convertido, sin darme cuenta, en  una coreografía de gestos automáticos: el clic de la cafetera, el nudo del fular, el trayecto al coche de madrugada para evitar la mirada de quien  moleste tus pensamientos contagiados de  desidia, la puerta de casa cerrada tras de mí....

Con la paciencia de un jardinero obsesivo, busco en el reflejo de los escaparates, en el aroma del perfume ajeno, en los finales de las canciones que ya no suenan en la radio. Solo el motor de una maquinaria que produce un humo caliente me mantiene en este invierno, perpetuo de hojas de cálculo y cenas para uno frente al televisor.

En la oficina, el café sabe  a lunes estancado y la existencia es una síncopa de texturas ásperas: el roce sintético de la blusa, la luz estridente, el zumbido de personas que van llegando y rompen con la paz del silencio.

En la vuelta a casa, vago como experta en  arqueología de lo que no existe, buscando su ausencia en el color del frío, en la demencia de un incendio que huele a lavanda y a tiempo perdido o en el eco de un abrazo que jamás ocurrió

Mi rutina apesta a desinfectante y a flores muertas. Me muevo en la estancia como un animal ciego, rozando muebles que tienen más alma que mis amantes de turno o ese amor imposible que  inventé para no ahorcarme con el cable del cargador del móvil.

El silencio en el hogar, sin embargo, tiene el color de la carne cruda y el futuro huele a ropa húmeda olvidada en la lavadora. Ya no busco salvarme, solo espero que la inercia termine de triturarme los huesos para dejar de sentir este hambre de algo que, ahora lo sé, nunca tuvo intención de existir.

martes, febrero 03, 2026

Donde Mueren Las palabras

El mundo se desmorona y nosotros nos enamoramos

 

 

El zumbido del aire acondicionado es el hilo musical de esta mañana, un ruido blanco que intenta llenar el vacío de la oficina. Aparentemente, mi cabeza está archivada en una hoja de Excel pero la realidad es otra: mi conciencia y yo conspiramos en silencio tras la pantalla.

Después de una semana con la quietud de un ancla que no busca puerto, amanezco hoy en un mundo que, por fin, sigue teniendo texturas.

 Apareció ante mí en cámara lenta, rompiendo la monotonía con unos zapatos de piel artesana que golpeaban el suelo con la cadencia de quien no pide permiso para existir.

No recuerdo mucho más. Todo cuanto puedo hacer ahora es justificar y culpar a mis nervios; fueron ellos quienes bloquearon mis capacidades. Mermada ya mi escasa habilidad en el arte de la oratoria, redujeron, además, todas aquellas aptitudes de las que creía haber sido dotada.

Lo que siento no es rencor, es una envidia sana por aquellos que poseen esa seguridad, por esa forma suya de habitar el espacio que yo parezco haber olvidado.

Ahora, el vacío de este lugar, ya sea por recuerdo u omisión, suena a funeral. Un despacho con vistas al skyline, un éxito de cristal y acero, y un alma que se ha vuelto tan gris como la materia anulada de mi cerebro, incapaz de escribirle un whatssap que invite a algo más que al silencio.