"Pensamos demasiado y sentimos muy poco"
El café hoy me sabe a rayos, el roce de la lana contra mis muñecas me produce escalofríos y el viento azota mi rostro como si quiera castigarme por algo que no he hecho. Y para más inri todo desenboca en ese aroma a asfalto mojado que me invade y se instala en mi garganta cada vez que le pienso.
La seguridad en mí es una melodía afinada pero ante él, mi gramática se vuelve muda, los silencios se tornan invitaciones y como quien escribe en braille, mis dedos temblorosos desdibujan sobre el lienzo una coreografía que él no sabe descifrar. Un paso en falso rompe este equilibrio de cristal y me escupe en forma de espejo la niña que reside en mí y no fue suficiente.
En la evocación, su mirada se posa en la mía con una cortesía distraída, un eco que no alcanza a tocar la orilla y yo, envuelta en mi propio abrazo, oculto el hambre tras una sonrisa que apenas le llega a los ojos.
Me guardo las palabras en los bolsillos, como piedras pesadas, mientras mi cuerpo se vuelve pequeño, casi invisible. Soy un acorde menor que él escucha sin entender, y aguardo en la penumbra a que decida no soltar mi mano en medio de una tormenta que solo late bajo mi piel.
Cada vez que bajo la vista hacia mi taza, confío en que el hilo de seda que he lanzado sea lo suficientemente fuerte para sostener el instante en el que el silencio no es una carencia, sino una posibilidad esperando su momento.

Lenguaje no te falta e intuyo que seducción tampoco.
ResponderEliminarQuién es el ciego?
Besos.
Lo de guardar las palabras en los bolsillos es como cuando era niño y llenaba mis bolsillos de piedras por si había problemas con algún gamberrete de vuelta a casa. Nada como prepararte para un posible ataque. Nunca lo había. Las piedras las tiraba antes de entrar por la puerta. Los bolsillos acababan con agujeros. Las palabras también se cuelan por ellos. Y llegas a casa vacío, como si hubieras perdido todo por el camino.
ResponderEliminarSaludos.
Tu relato es pura filigrana emocional, Aina: un “romance meteorológico” entre la piel, el asfalto y el silencio. La protagonista juega a ser hechicera, pero el conjuro se le deshace en los labios. Hay más electricidad que en una tormenta de verano... y él, tan distraído, ni nota que está a punto de ser fulminado.
ResponderEliminarMe encanta como escribes. Una tragedia griega en tus letras pareciera una fiesta de domingo. Sin importar el tema, se disfruta leyéndote. Abrazos, Aina
ResponderEliminarAina, qué manera tan delicada —y tan certera— de nombrar ese territorio donde la seducción deja de ser juego para convertirse en un idioma lleno de interferencias. Tu texto respira esa mezcla de vulnerabilidad y lucidez que aparece cuando uno se descubre traduciendo emociones que el otro ni siquiera percibe.
ResponderEliminarImpresiona cómo conviertes cada sensación —el café amargo, la lana que araña, el asfalto mojado— en una cartografía íntima del desconcierto. No hay estridencias: solo una música menor que se desliza entre silencios, miradas que no llegan a puerto y palabras que pesan más de lo que deberían. Ese “acorde menor” que mencionas late en todo el relato, sosteniendo una tensión que cualquiera que haya amado a destiempo reconoce al instante.
Y, aun así, en medio de esa fragilidad, asoma una fuerza serena: la de quien lanza un hilo de seda confiando en que, quizá, el silencio pueda transformarse en posibilidad. Ese gesto, tan pequeño y tan valiente, es el que deja al lector con un nudo en la garganta y una certeza: que en tus manos incluso la duda se vuelve luminosa.
Hay una escritura intensa y profunda que deja y no deja ver entre líneas, palabras bien dispuestas y un sentir que permanece.
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