El viento aúlla con un grito que golpea mis mejillas, mientras el pueblo, resguardado tras muros cálidos, celebra la armonía del festivo. Libro mi propia odisea contra la tempestad en este paseo desierto. La lluvia tiene un sabor a caricia líquida que pesa sobre mis hombros como el manto de un titán derrotado.
Cada paso es una epopeya de resistencia contra la densidad del aire, espeso como miel fría. Me hundo en la contradicción de mis tempos obligándome a comprender esa parsimonia que se parece tanto a la desidia
El mar ruge a mi izquierda como un ejército en derrota, recordándome que el amor fue mi gran guerra perdida. Me escupe con fuerza y siento en mi garganta la acaricia del eco áspero de su nombre. Sabe a ceniza y a salitre.
Y en la contradicción entre el desear y el no querer, me descubro advirtiéndome que me desespera su lentitud, su aparente inseguridad, como si el tiempo fuera para sus pies un fango de oro que se adhiere a la arena. Su ritmo es un insulto a esta tormenta y su aroma de lumbre antigua, pausado como un buey cansado que arrastra el peso de la pasividad tras de sí, me irrita, con la misma intensidad que cautiva esa necesidad mía de fuego inmediato.
Soy un barco fantasma en un océano de cemento.



