“Me enamoro con cada palabra, me destrozo con cada acción”
A estas alturas de mi vida sigo aprendiendo, como cuando asimilo que las esperanzas no mueren con un estruendo sino con el sonido sordo de un hilo de seda al quebrarse.
Después de una eterna espera tan milimétricamente cuidada como quien restaura una pintura antigua, mi ilusión, de un color ámbar y sabor a viento de agosto, era una certeza tibia que palpitaba en mis muñecas. Pero mientras esperaba, el aire empezó a volverse denso, adquiriendo ese aroma gris de las horas muertas que no conducen a ninguna parte.
Al mirar el reloj, el silencio de la casa dejó de ser calma para convertirse en un frío áspero que me recorría la espalda. Mi fantasía, esa que yo misma había alimentado con susurros, se desvaneció sin drama. No hubo despedidas; solo el tacto helado de la realidad golpeando mi pecho.
Cerrando los ojos puedo oler el fracaso de flores marchitas. Me desvisto de la confianza con la lentitud de un ritual fúnebre. San Valentín es una ausencia pálida que suena a reloj de arena detenido. Mañana el sol tendrá un sabor distinto, quizá más amargo.
Y con la agenda del teléfono a mano empiezo de nuevo el ejercicio de poda que ya conozco bien. Al deslizar el dedo para eliminar el contacto, se escucha el crujido seco del corazón roto, otra ausencia que se suma a mi inventario.
La lista, cada vez más disminuida, es ahora un desierto de voces blancas y ecos mudos. Un lienzo que pide a gritos un poco de autoestima.





