lunes

Wide open

 Nunca es demasiado tarde para ser lo que podrías haber sido

 

 


 

El aire sabe a despedida, aunque nunca empezamos nada. Sus palabras suenan tibias, de un color gris que me cansa los ojos. Camino dentro de esta escena y todo huele a algo que no crece. Entiendo, con una claridad que quema, que no es para mí.

Hablo y mi voz tiene una verdad que me asombra: no levanto el tono, pero cada frase cae como vidrio frío sobre la mesa. Le digo que no quiero probar algo que ya se siente ajeno, que su interés se oye lejano, como una música mal afinada. No hay reproche, solo una verdad áspera que raspa.

Mientras me escucha, el silencio pesa y tiene textura de polvo. Siento la desolación en la boca, amarga, seca. Me alejo y el suelo bajo mis pasos suena firme por primera vez. Renunciar duele, sí, pero elegirle tiene un sabor intenso, áspero, emético.

Me doy la vuelta, el tiempo se vuelve espeso de un azul oscuro que hace que su mirada pese como una luz ardiente sobre la piel. El alivio suena grave, como una puerta que por fin encaja. No hay drama, solo un frío limpio recorriéndome las manos. Pienso en lo que no será . La ciudad vuelve a tener ritmo y mis pasos laten cálidos. Sé que mañana  le dolerá un poco menos. El eco opaco en mi pecho de la renuncia tiene olor a comienzo: el mío.

Sigo alejándome y el recuerdo se desvanece. El silencio  no es vacío, es una materia oscura que me roza la espalda, tibia y persistente.Su presencia, incluso ausente, suena aún a eco bajo, viscoso, que me ensucia el pensamiento. Sigo caminando y el suelo parece respirar conmigo, pesado, consciente. La desolación no grita, pulsa lento, como una sombra húmeda. No es alivio. Es algo más cruel y más hondo: la certeza irreversible de haber cerrado una oportunidad antes de haberse iniciado.

 

martes

La Horma de Mi zapato

 

A veces me pregunto si nací con  una señal equivocada que emito sin control. Es la paradoja de mi existencia: atraigo la pureza que no sé cómo retener. Me quedo a oscuras, habitando este silencio que yo misma provoqué, cuestionándome si algún día dejaré de ser un refugio temporal para convertirme en un lugar perenne.

 


 

Pero, por ahora, solo soy el eco de un "lo siento" que nunca es suficiente. Me envuelvo en mi propia soledad como si fuera una armadura, convencida de que el único acto de amor que puedo ofrecer a los hombres buenos es, precisamente, mantenerme lejos de sus vidas.

Llevo la cuenta de los daños en el pecho, como si las cicatrices de otros se marcaran en mi propia piel. Frente a mí, él sonríe con esa honestidad que desarma; es un hombre bueno, de los que cuidan y escuchan, de los que no merecen el naufragio que les espera conmigo.

Mi error es mi forma de mirar. Escucho con una intensidad que ellos confunden con amor, cuando solo es una empatía vestida de gala. No hay malicia, pero sí un resultado devastador. Al ver su ilusión, siento una náusea física, un peso amargo que me recuerda que estoy a punto de destruir algo hermoso.

Cuando su mano busca la mía, me retiro con una frialdad quirúrgica. Y entonces su brillo se apaga, transformándose en esa confusión herida que tanto conozco. Me marcho a casa con el alma pesada, como monstruo vestido de seda que devora esperanzas ajenas sin siquiera tener hambre.. 

Es una crueldad involuntaria, pero crueldad al fin y al cabo. Me asquea mi propia luz cegadora que  solo sirve para encandilar a los inocentes antes de dejarlos a oscuras. Soy el lugar donde los hombres buenos vienen a morir de desengaño. Me encierro, despreciando esta capacidad de atraer lo que no estoy dispuesta a cuidar, convencida de que mi presencia es, en esencia, un acto de vandalismo contra el alma de los demás.

Soy la que te roba el sueño sin tener ganas de dormir. 

 

 

viernes

Al fin es viernes

 "Nuestra vida se define por las oportunidades, incluso aquellas de las que huimos"




A mi edad, mi cuerpo no es un templo, es un campo de minas donde algunos idiotas han jugado a la ruleta rusa. Soy la loba que se ha tragado el sol; tengo la piel curtida por desengaños que saben a cobre y a tormenta. La dama en un tablero donde todos creen ser reyes y no llegan a peones.

Mi deseo es un pozo de petróleo: negro, viscoso y capaz de incendiar ciudades con un roce que huele a metal oxidado. Camino con la parsimonia de quien sabe que el tiempo no es oro, sino sangre espesa que suena a violonchelo desafinado. Cada curva de mi cadera es un verso de Bukowski escupido en la cara de un santo. Me bebo sus miedos; tienen un color ácido, un verde chillón que me raspa la garganta como ginebra adulterada. Soy la elegancia cruel de quien ya solo espera el estruendo dulce de un corazón rompiéndose como cristal bajo mi bota.

Me acerco y su pánico me llega como un perfume de azufre y notas graves, una melodía podrida que me recorre la espina. Sus promesas vibran en el aire con un sabor a ceniza vieja. Soy el silencio que muerde, la sombra que devora sus luces baratas.

martes

Entre Querer y Desear

 Echo de menos el caminar descalza por el pasillo, dueña absoluta de cada mota de polvo y de mis rutinas más egoístas












Me obliga a negociar el espacio y a redescubrir el vértigo de ser vulnerable.

Me observo en el espejo del baño mientras aparto su cepillo de dientes para apoyar el mío. Es un gesto minúsculo, pero pesa como una declaración de guerra contra mi antigua independencia. He pasado años blindando mi corazón con capas de autosuficiencia, convencida de que nadie más encajaría en las grietas de mi carácter. Y aquí está, en findes alternos, dejando su rastro de café en la cocina y desordenando mis sábanas de hilo con la naturalidad de quién anda en propia casa. 

A veces le miro de reojo mientras duerme y siento una mezcla extraña de ternura y reproche. Ha venido a desmantelar mi fortaleza solitaria con la paciencia de quien no tiene prisa. Acepto el reto de dividir mi aire, de ceder el lado izquierdo de la cama y de reconocer, con una sonrisa resignada, que compartir es la forma más noble de perder el control del egoísmo. 

Cuando marcha, me quedo observando la puerta, debatiéndome entre el calor de su abrazo y la fría, pero gloriosa, libertad de volver a ser la única dueña de mi aire durante toda una semana.


miércoles

Miércoles

 Son las 3am y no concilio el sueño...


Subo el volumen y el jazz que llena el comedor adquiere un tono índigo profundo. Este silencio de la mañana, que atesoro, sabe a menta fresca en mi lengua. Mi vida es una composición tranquila, y la paz se siente como una textura de terciopelo cálido.

A veces, cuando  deseo compañía, sacude esa protección desconfiada para que  no opaque la luz interior de mi existencia. Mis reglas son sencillas, con una claridad casi metálica,  la obligación suena a murmullo constante. La soledad adquiere un color a abandono, el hastío huele a ceniza vieja. La  presencia ajena me causa ruido ante la intimidad  pegajosa.

Nuestro vínculo se siente como un acorde Mayor, perfectamente equilibrado. Nos vemos selectivamente. Cenamos, a veces en silencio, donde el afecto se vuelve un suave murmullo ocre en el aire, sin presión. Mis días libres tienen el verde brillante de la autonomía total.

Lo miro mientras él descansa en mi sofá y siento un afecto que es visualmente claro, sin sombras. Entró en mi vida sin  ensordecer mi calma.

Al acostarnos, mi soledad se desvanece, con una temperatura fresca y reconfortante que mantiene el color de mi paz interior. Es una conexión que suena a promesa suave y se siente maravillosamente ligera.

Y entonces  aparece el autoboicot recordándome que no sé, no puedo y tal vez,  ni siquiera quiero. 

jueves

Tropiezos

"Life was like a box of chocolates. You never know what you're gonna get."



El frío me pertenece. La soledad es una manta pesada que me aísla del aire rancio de la ilusión. Mi mente, un castillo de piedra fortificado por años de decepciones , se regocija en el cinismo. El camino adoquinado: cada piedra es una promesa que juré no volver a pisar.

Y tropiezo. La inercia me arrastra hacia el suelo duro, el castigo conocido.

Pero el impacto se anula. Una mano me intercepta. Es un ancla de calor firme en el hielo de mi brazo. De textura áspera, la lana de su abrigo rozando mi piel expuesta. El aire alrededor se vuelve denso, cargado.

Mi coraza metálica cruje.

Él me ve, y no solo mira. Siento el peso de su observación; capta el detalle exacto de mis lunares y detiene su mirada sutil donde coincide con la mía.

Su voz profunda es una nota baja y constante que rompe el silencio. Habla  y la palabra no se siente hueca; es un puñetazo de realidad. El concepto aterriza con un peso físico en mi estómago, asentando algo que siempre estuvo suelto.

El paseo entero, antes un campo minado de recuerdos, se transforma. El sol, que había sido una moneda fría en el cielo, ahora irradia un tenue color malva que me calienta las mejillas. El temblor no es de frío; es interno,. Es la sensación visceral de que el muro se resquebraja, liberando el aire estancado.

Una nueva ilusión es un brote diminuto y verde en la tierra helada de mi corazón. Ya no carga la manta pesada. Siento el aire fresco en la piel, y no me estoy preparando para la caída, estoy de pie, sujeta a su brazo y me estoy permitiendo mirar hacia adelante.

 

sábado

Sábado

 Es preferible la compañía de los buitres a la de los aduladores, aquellos se comen a los muertos, éstos devoran a los vivos.


 


El café de los sábados por la mañana sabe a nostalgia, aunque la taza esté humeante y la cafetería huela a canela. Cuando los fines
 de semana son un recordatorio silencioso de un espacio vacío en la silla de al lado, un vacío en el que cabe otra risa, otro punto de vista, una mirada cómplice, otro pulso vital sincronizándose con el mío...

Se tambalea la creencia de que las  conexiones deben ser forjadas con esfuerzo y tiempo. El tiempo pasa y la forja permanece impávida.  La independencia cuidadosamente cultivada erige muros tan altos que nadie en su sano juicio querría saltarlos. 


Soy experta en disfrutar de mi propia compañía, las domingos de cine en casa, los viajes improvisados con una maleta ligera, la posibilidad de elegir el menú para cenar sin negociaciones. Pero la libertad puede sentirse como una celda de cristal.

Esta mañana, en el café, mientras dibujaba bocetos en la servilleta, a través de una ventana con vistas a las calles sucias de la ciudad,  un par de palomas compartían migajas de pan en la acera. El momento, simple y efímero, sin  grandes gestos cinematográficos, solo la voluntad de estar presente para el otro y compartir y aprovechar las oportunidades que la casualidad te ofrece, ha provocado en mí dudas y pesares.

Guardo el teléfono, que vibra con un nuevo "whatssap". Por la noche, sin café, las luces de la ciudad apagadas y la desesperanza paciente, leeré el mensaje y rechazaré la oferta de compartir alegando que tengo planes conmigo misma. 

El domingo traerá nuevas interacciones y quizás la decisión de empezar a construir algo con alguien más que con mi celosa compañera, la soledad.
                                                                                                                                                       

jueves

Cronómetros a Cero

 

La  vida es demasiado corta como para sostener cargas ajenas pero  demasiado larga para no perseguir los pequeños fulgores que encienden el corazón.

 

                 

El aire es una gelatina tibia, densa e inamovible, como si el tiempo mismo se hubiera quedado pegado a los muebles.   Sentada en el sillón de terciopelo gastado,  el aburrimiento no es una ausencia, sino una presencia palpable.

El desgarro de la incertidumbre anclada,  la necesidad de un grito y la incapacidad de mover un músculo . Un momento me asalta una paz lánguida, al siguiente, un terror punzante, el terror de que esto fuera todo. Mis ojos vagan por el polvoriento rayo de sol que entra por la ventana buscando la esperanza como cuando un  naúfrago visualiza un barco en el horizonte.

El amor se me antoja ahora como una promesa fallida, un eco lejano que no llega a llenar la pesada quietud de la tarde. En esa densidad, solo quedo yo, flotando, destructible y atrapada  entre el querer y el permitir.

Cuando no quedan crónicas que reescribir solo queda el eco de los finales olvidados.

                                                                                                                                                                    

 

 

sábado

La Levedad Del Alma

 Hay una levedad peculiar en ser mujer de mi edad. Una levedad que no tiene que ver con  peso del cuerpo sino con el peso del alma.


 


 

 No suficiente con invitarse a venir, me pidió que le recibiera tumbada sobre la cama, con ligas negras y camisa transparente. Y yo, que no estoy por dicutir, acaté  fielmente sus deseos.

 Cuando llegas a casa repites que vivir sola  no es una derrota, es un territorio conquistado. Como es un lujo el  escuchar tus propios pasos en una casa completa de silencios, preparas la cena para lo que  quieres cenar y puedes dormir en diagonal sin pedir permiso, todo parece positivo hasta que aparece el temido frío. El gélido infierno que pide a gritos calor humano,  família en pijama,  sofá y manta,  chimenea y alfombra persa,  chocolate caliente, ...

 Nuestra relación data de hace un par de años, de varios cafés con largas conversaciones en torno a temas políticos, de mensajes de whatssaps esporádicos con intercambio de saludos correctos, buenos modales y mejores deseos.

 En una de estas ínfimas conversaciones me contó un sueño que había tenido en repetidas ocasiones conmigo como protagonista. Tras insinuaciones seguidas de indecisiones...un martes cualquiera, en penumbra, puerta entreabierta y música de fondo...rompimos con todos los tabúes que dificultaban un encuentro y lo hicimos... con alevosía y sin pudor. Y supe después que echaría de menos las "solo" conversaciones.

Tu casa, una trinchera silenciosa en la que a veces te sorprende el eco de tu propia respiración,  un precio que se paga con noches largas y cicatrices pequeñas y cuando aparece la gripe  y nadie más que el frío se ha acordado de no olvidarte... la levedad del alma aumenta de peso.

  


martes

KaLma

 

Si el karma existe merezco  de vuelta todos  los errores que cometí.

 





 

Tres noches de intensa conversación, la conexión es evidente. Los silencios no molestan, las palabras fluyen , el tono se relaja, las sonrisas ya no se disimulan y, como jabón de manos,...me escapo diluyéndome  por los minutos sin contestar,  refugiándome en un mutismo eterno. Hay mucho que procesar.

Lo desconocido asusta,  a mí me atemoriza por su decepción, por las malditas idealizaciones. que confunde fantasía con realidad, hambre por excitación, vigilia por sueño,... y cuando hay que avanzar, retrocedo.

Pendientes muchas respuestas y tras un dilema existencial provocado por falta de atención y cariño, el mismo que tanto me esfuerzo en repeler por yo no sé qué razón o motivo, los objetivos se difuminan en el horizonte truncándose las necesidades de olvido.

Y ahora que ha vuelto el temido frío, la humedad en los huesos, el temblor en los labios, la piel de gallina, los estremecimiento en la espalda, ... se acentúa la necesidad de compartir calor humano,, la soledad  precede al onanismo como el odio al rencor y no hay mejor manera de superar una tentación que  sucumbir a ella.



 






sábado

De vuelta a casa

 Zaragoza tiene poca luz aunque vistas al horizonte, el frío es seco y las calles húmedas. Los zaragozanos visten bien, cuidan su imagen como atienden su ciudad  y son amables en el trato y en las formas. Caminan despacio, como si no tuvieran prisa por terminar de trabajar, por llegar a casa, por dar la cena a los niños y sentarse frente al sofá.  En Zaragoza se habla bajito y la música en los bares se escucha con volumen alto.





Días de intensidad y frenéntica vida social, de dormir poco, de comer mal, de sonrisas fingidas, de prestar más atención de la que te queda, de intentar memorizar todos los nombres y las caras de quienes te besan las mejillas... y cuando llegas a casa, te descalzas de los tacones, el cuerpo se rinde, pide aislamiento y desestimo las promesas de recuperar las citas de aquellos que no te han abandonado: anulo la cena del viernes con las amigas, cambio el tardeo del sábado por peli y manta y pospongo  la visita familiar de domingo de manera indefinida. Y me refugio en mi soledad escogida echando de menos abrazos envolventes y besos en silencio.

La vuelta a casa, después de un viaje agotador, es agradable, aunque nadie te espere en ella, aunque las sábanas estén frías de soledad, el comedor en penumbra y la cocina libre de aromas. Repites que tu hogar es tu cobijo e intentas convencerte de que estás donde quieres estar aunque el silencio resuene en tus tímpanos y la tranquilidad se confunda con la nostalgia.


No hace frío en las calles, el frío está aquí dentro, abrazándome mientras la soledad nos observa desde la pantalla del televisor.



Había una vez...

 Una mentira viene precedida de una larga explicación.



  Tras la tranquilidad de un barrio que te es familiar, una compañía testigo y  confidente, una mañana como cualquier ayer en la que cambias casualmente la elección de un bar a otro por su terraza expuesta  al sol, ...tranquila la niña en su bosque, recogiendo flores  silvestres.

  Aparece cuando menos te lo esperas, cuando habías olvidado su existencia, cuando el recuerdo no te asusta y entonces, en su manifestación fortuita, salen a flote todas las inseguridades que creías superadas.

 Renace un dolor en ti a viejo, a usado y macabro, Una sensación incómoda que  devuelve el sabor metálico a tu lengua, la opresión en el pecho, el hostigamiento de ideas de lo que tendrías que haber hecho y por qué no corrieron tus piernas tal y como habíais planeado en miles de coincidencias mentales, ninguna contemplaba este marco.

Y héme de nuevo en casa, protegida y a salvo, desplaneando planes de baile, descitando citas, desencontrando encuentros, deshaciendo palabras que no salieron de mi boca. Cualquier rincón de la calle puede ser enemigo. 

Y entonces se debate la lucha por reprimir los afectos rotos: pierden los ojos que arden  conteniendo lamentos, le siguen  los pulmones y el hígado. 

No hay palabras, nunca las hubo, enmudecida de sentimientos, por no soltar lo único que fue real, lo que fue tuyo, porque  lo que sentiste fue verdadero,   como el cuento  al niño que girando página se da de bruces con el lobo de Caperucita.


domingo

Quién sabe qué?


Entre el dolor y la nada, prefiero el dolor.



Hace frío allí fuera, la humedad lo envuelve todo. La cama que en verano vestía ligera muestra sus mejores  galas en forma de edredones pomposos y almohadas esponjosas, la tarde se confunde con la noche, la comida con la cena y los días se acortan dando paso a eternos crepúsculos llenos de nostalgia.


Fernando tiene prisa en conocernos, acepta que nuestros ritmos están descompasados pero me sugiere que, incapaz de controlar sus impulsos, sea yo quién lo pare. Hay un antes y un después tras una copa de vino y dos días de migraña, en la distancia las cosas se ven mucho más nítidas y no te dejas llevar por los instintos más primitivos.  Él lo ha notado en la frialdad de los mensajes, en lo escueto del saludo, en lo que tardo en contestar,...el interés no es recíproco, como no lo es la realidad y los sueños.

Hoy es un día de añoranza, hace  23 años que te fuiste y te recuerdo como si te hubiera visto ayer. A veces te imagino como padre de  los hijos que no tuviste, en lo feliz que sería mamá.  126  pasos para llegar a ti.

Parece que mi ahora  sigue siendo tu nunca, he olvidado el canto de la tuna y siento que vuelvo a celebrar la virginidad. No estoy lista para empezar otra vida. Las ganas se confunden con los miedos y no avanzo en un camino que se me antoja bonito solo contigo.


Hoy no, mañana...chi lo sá?


Levedad

Sucede que entre las desilusiones en ocasiones aparece un halo de placer, quizás por la satisfacción del triunfo al acertar que ibas a fracasar.



 El Martes fue día de cambios. Anulé una cita por ganas de estar sola pero el electricista vino a despedirse, por tercera vez. Me llenó el congelador de helados y el cuerpo de fluidos. Esta vez acertó en el adiós.

Y el miércoles volví a las noches de silencio, escuchar el ruido mental, a no esperar un whatssap, a dormir por horas, al mal despertar. Si pudiera elegir una fecha en mi pasado para hacer las cosas bien, tendría que volver a nacer. 

El jueves la apatía me sedujo, mi casa nunca había sido más hogar, pasé horas en ella, pensando en todo y  en  nada mientras la cama persistía sin hacer.

 El silencio es cruel, te confronta.

Sábado, casa en penumbra, la calle desierta de ruido, la lluvia resuena en los cristales, el café caliente reposa en mi taza preferida y la bandeja de dátiles está a mi alcance. Pareciera una estampa perfecta si no fuera por el silencio que con sonrisa malvada me escruta. Lo veo venir, simulo que lo ignoro pero es más inteligente que yo y, perspicaz, lanza la primera pregunta. Se acabó la paz mental. 

Hoy escucho llover, no hay reloj ni prisas, es domingo y hace frío, la gente duerme y yo, que no sé dormir,  echo de menos algo e ignoro qué es. Caminar bajo la lluvia es desestrasante, el paseo abandonado de peatones, la paz te envuelve y no quiero volver a casa.

 En vez de cerrarlas, voy abriendo heridas a medida que sumo pérdidas. Todo crecimiento es el vencimiento de una resistencia y yo parece que me resisto a crecer.




lunes

No hay Nosotros Sin Ti

Cuando cae la noche aparece el frio, ése que se cala en tu alma por falta de un cuerpo vecino. 
 

 
 



 Últimamente no consigo el punto de caliente exacto de la leche, pierdo las llaves de casa con facilidad y pospongo las cosas al último minuto. Ultimamente no sé decir que no cuando no me apetece, como sin hambre, duermo sin sueño y  mientras las galletas mojadas se funden en un café  demasiado caliente, escribo este post lleno de porqués pendientes de destripar.


Ya es oficial, el electricista ha elegido, han pesado más sus broncas que mis abrazos, ha escogido su lengua viperina antes que mis besos  reprimidos, ha preferido sus desplantes a mis presencias. Somos los dos cuerpos que visten almas heridas y buscamos ambos aquello que sigue provocándonos el daño que nos es tan amigo: él los reproches, yo los olvidos.
 
El trueque ha finalizado y en un acuerdo perfecto yo he conseguido abandonar un recuerdo y  él ha recuperado la fuente de su sufrimiento. Sin embargo, siento en mí la pérdida de algo que nunca fue mío.

Es nuevamente tiempo de reflexiones en las que evito sumergirme y mientras eludo reflexionar hago coladas de ropa limpia, compras que no caben en una nevera a rebosar y cafés con amigas lejanas para hablar de películas por estrenar.  Estoy repleta de sentimientos encontrados que  responden a una causa que no quiero  averiguar.
 
 
El electricista ha perdido,  merece más de lo que elige y yo, que tampoco gano  y pese a que nunca le di opción de ser suya,  no merezco que no me haya elegido.

martes

Decidir equivocarme

 



Si fuera rubia, de pechos voluminosos, de curvas insinuantes y me llamara Rebeccah...






Un viernes a las tres de la tarde podría dar por zanjada  mi semana  Hay vida en la calle y yo en casa metida en mi pijama. 

Me descalzo al llegar al umbral, directa al tocadiscos y dejo sonar a Ravel que, con ayuda del incienso convierto mi hogar en un templo. Me despojo de todo ropaje que me hace aparentar ser quien no soy mientras rememoro los hechos sobrevenidos, días de asumir cosas molestas, de dormir poco, de adquirir nuevas estrategias, de comer mal, de borrar viejas  metas,  de follar sin amar... 

Semana larga de un  verano eterno que, si miro hacia atrás, me parece muy lejano. Cúspide de un año que prometiendo sueños ofreció desilusiones.

Y juro en este instante, prelufio de fin de semana,  bajarme del tren en la estación del olvido, donde ya no guardo rencor y apagada mi hambre de venganza decido recobrar la estima que me queda. Con los rescoldos de dignidad reconstruiré una fortaleza de cimientos de soledad y calma.

Pero el sábado,  cuando me reclamas, la niña que hay en mí sedienta de compañía, se funde contigo en noches de pasión y madrugadas de remordimiento.

Y de retorno, el lunes, a la rutina de fingir que comienza una nueva semana repleta de oportunidades para tomar buenas decisiones.


jueves

Y comieron perdices

 Nuestras vidas se definen por las oportunidades, incluso las que perdemos.





 He vuelto a las noches de insomnio, a contarme historias para  dormir, a saltar en charcos de barro, a soñar despierta, a escuchar podcast que prometen soluciones fáciles a dudas complicadas, a la leche caliente con galletas como las que mi madre preparaba, a mirar nada largas horas por la ventana, a escuchar los gritos de desahogo del silencio, a pintar círculos perfectos en el aire, a contar los pasos que, sin moverme del sofá, me llevarán hasta la cama. A tararear a Sabina, a  releer libros leídos, a escribir sin ganas, a los helados de Otoño,  a las películas en blanco y negro, a la manta en el sofá, a fingir que no estoy en casa. 

He vuelto a buscarme en el espejo, a decirme en voz alta lo que pienso en voz baja, a llorar en soledad, a  comer sin cuchara,  a dormir en pijama, a despertarme sin alarma, a reír en privado, a los ayeres rotos, a gritar con la boca cerrada, a los calcentines de andar por casa, a darlo todo a cambio de nada.

He vuelto a concederme un capricho, a comer carne roja, a esperarte mañana, a no mirar el reloj, a beber sin sed, a pintarme las uñas, a prometerme fidelidad, a jugar a las cartas, a bailar salsa por bachata, a buscarte en ninguna parte,  a confiar en mis instintos, al pan con nutela, a confundir hogar con casa,...en definitiva: a burlar la desesperanza.

 

martes

Vértigo

 

 

"El vértigo significa que la profundidad que se abre ante nosotros nos atrae, nos seduce, despierta en nosotros el deseo de caer, del cual nos defendemos espantados"


 

   Martes de sexo y marisco. El preludio augura una noche existosa, sin embargo, la velada culmina a medianoche y cual Cenicienta, mi entusiasmo cambia de expresión.  

    El vacio del coito sin compromiso, antesala del desamparo, se abre a la soledad que, seductora, te cautiva progresivamente y a medida que te acostumbras a ella con  mayor fuerza la eliges  de compañera. 

   En las noches, se repite mientras duermo la sensación de caída libre y provoca despertares que desembocan en días cansados y decisiones equivocadas.

    Y entre que los padastros se curan, los recuerdos  disipándose, que ya no distingo el azul de tus ojos y sin labios que quiera morder... la vida pasa ante  mi estrenada indiferencia.

  Al aislamiento sucumbes de manera imperceptible, empieza a manifestarse cuando el ruido de los demás te resulta molesto, no quieres responder a la llamada telefónica de un conocido ni hacer planes de viernes con tus amigas célibes.

  Entonces, la caída es inminente. Marian me anima: éste sí. pero yo sé que tampoco. Y en fila india y como moscas en el café, los demás esperan su descarte.

   En la calma después de la tormenta persiste el cartel de No disponible. Y brindamos  por esta noche efímera que me dejará tan llena de ti como vacía de esperanza. 

 






sábado

Sin Título

 

Me abstraigo con facilidad y me disperso dentro del vacío existencial que me rodea, mis sentimientos no me pertenecen. como si todo lo vivido, lo experimentado  y lo sentido hubiera sido una farsa.

 

 

 

La vela se consume, el olor a  cera quemada invade la estancia y en su último suspiro parece que la llama lucha por no apagarse. Llevo tres días cenando sobras, pasta carbonizada o pizza recalentada en un intento de autoflagelarme por tanta ingenuidad.

Me irrumpe el deseo de romper las reglas del juicio y recuerdo a Toni sugiriendo que las mujeres siempre tenemos hombres en la agenda dispuestos a complacernos, tú también lo sospechabas y lo cierto es  que yo solo tengo amigos con los que no me apetecería desayunar a la  mañana siguiente. Me asalta la imagen  del electricista metiendo su mano helada  entre mis muslos  buscando calor y descarto la evocación  recordándome que solo  seremos, el uno para el otro, la segunda opción.

28ºC, 78% de humedad y los chemtrails disipando la lluvia.

En un acto de  insensatez me he despintado las uñas y para volver  a comerme los padastros hasta que las pieles sucumban a la hipodermis y duelan más las yemas que los recuerdos.


 

"Everything  happens to me" canta Sinatra en el tocadiscos. Lucky you! 

 




 

 

 

 

 
 

jueves

Resiliencia

La mujer del cuadro me representa, si no ves una mujer quizás es porque la figura también te representa a ti.

                

 

Hacía tiempo que no disfrutaba  de una de mis pasiones: un café en una terraza y un libro como compañía,  "La insoportable levedad del Ser", tan apropiado en estos momentos como la lluvia que  nos burla.  El camarero ha recordado traerme canela en lugar de azúcar, he recobrado la confianza en la humanidad y me ha servido la taza tan caliente como el magma de un volcán. 

En ocasiones me invade una sensación de disociación, pareciera que  no fuera protagonista en mi propia vida, desconectada de mi yo, como si mis emociones me fueran ajenas y me convierto en  una mera expectadora de los días, que pasan fulminando las horas ante mi impávida presencia. 

Mientras divagaba entre las letras y aunque mis ojos permanecían inmersos en la lectura,  mi inconsciente era plenamente conocedor de la situación. 

En un ápice de segundo han pasado dos horas, el café ha enfriado y dos arrugas han aparecido en mi rostro. Ya no hay quién mantenga en vela mi cabeza, ni impulso de comprobar que no hay respuesta de whatssap que alimente mis ilusiones.

Soy la sombra de la abulia, la guionista  amnésica que divaga en búsqueda constante, olvidando que perdió el cuaderno borrador  de su ópera prima.